martes, 12 de noviembre de 2019

Partido Revolucionario Cubano

Partido Revolucionario Cubano

Hace 125 años se fundó el Partido Revolucionario Cubano


Martí fundó el partido con la idea que mediante el mismo podía dirigirse la lucha del pueblo cubano por la independencia. | Foto: Archivo
Publicado 10 abril 2017

El partido fundado por José Martí tenía como objetivo principal organizar la independencia de Cuba y fundar una república democrática. 

El 10 de abril de 1892, el político y escritor José Martí fundó el Partido Revolucionario Cubano (PRC). Su objetivo principal era lograr la independencia de Cuba del imperio español, pero también a contribuir a la independencia efectiva y total de América Latina.

El PCR quería llevar a cabo una lucha rápida y segura que garantizara una paz duradera en una república independiente, pero no solo tenía un objetivo militar, también buscaba crear las condiciones político-ideológicas que garantizaran valores de la futura república cubana.

El 3 de enero de 1892, en el Club San Carlos de Cayo Hueso (Key West), José Martí dio a conocer a José Francisco Lamadrid, José Dolores Poyo y al Coronel Fernando Figueredo Socarrás, su idea de fundar el Partido Revolucionario Cubano. 

El 5 de enero de 1892 se aprobaron en Cayo Hueso las Bases y los Estatutos secretos del Partido Revolucionario Cubano.

Tras meses de discusión el Partido Revolucionario Cubano se constituyó oficialmente el 10 de abril de 1892.

Martí definió el significado de la fundación del Partido: "(... ) el Partido Revolucionario Cubano, nacido con responsabilidades sumas en los instantes de descomposición del país, no surgió de la vehemencia pasajera, ni del deseo vociferador e incapaz, ni de la ambición temible, sino del empuje de un pueblo aleccionado, que por el mismo Partido proclama, antes de la república, su redención de los vicios que afean al nacer la vida republicana". 

La creación del PRC fue trascendental, al unificar el esfuerzo de todos los cubanos y contar con una dirección central para el logro de sus objetivos. Por su valor democrático y su labor unificadora, fue considerado por Martí como el primer avance hacia la "república nueva" a la cual anhelaba. 

Desde el seno del partido se organizó la guerra por la independencia que comenzó el 24 de febrero de 1895, que aunque no fue un éxito, contribuyó a sentar sus ideas antiimperialistas y latinoamericas en Cuba y en los países vecinos. 

El 20 de diciembre de 1898, al estimar que la guerra independentista había terminado, pese a que no se había establecido la república independiente, el delegado elegido del Partido tras la muerte de Martí, Tomás Estrada Palma, decretó la disolución del Partido.






Legado de Partido Revolucionario Cubano continúa vigente (+ Audio)

A 125 años de la aprobación de las Bases del Partido Revolucionario Cubano (PRC), trasciende la vigencia del legado de José Martí para las actuales generaciones en la mayor isla del Caribe.

Así lo ratifican los fundamentos del Partido Comunista de Cuba, expuestos en los Objetivos de trabajo del PCC que aprobó su Primera Conferencia Nacional:

“El Partido Comunista de Cuba, marxista, leninista y martiano, en su condición de Partido único de la nación cubana, tiene como fortaleza y misión principal la de unir a todos los patriotas y sumarlos a los intereses supremos de construir el Socialismo, preservar las conquistas de la Revolución y continuar luchando por nuestros sueños de justicia para Cuba y la humanidad toda”.

La idea de un solo Partido es un legado de José Martí

El análisis de las causas que impidieron el éxito de los cubanos en la Guerra de los Diez Años hizo comprender a Martí que la unidad era un factor imprescindible para el triunfo sobre el colonialismo español.

Además, el estudio de la experiencia independentista hispanoamericana le enseñó que con una revolución encabezada por caudillos militares de gran prestigio y poder era difícil mantener la unidad y alcanzar posteriormente una sociedad libre y democrática.

En la segunda mitad del siglo XIX ya era práctica habitual la creación de partidos políticos; sin embargo, es José Martí quien en 1882 adelanta la idea de que únicamente a través de un solo partido podía dirigirse la lucha del pueblo de Cuba por su independencia, para unificar los esfuerzos de todos los cubanos y desenmascarar las tendencias antinacionales nacidas en el seno de estos.

En carta a Máximo Gómez, del 20 de julio de 1882, dice:

“¿A quién se vuelve Cuba, en el instante definitivo, y ya cercano, de que pierda todas las nuevas esperanzas que el término de la guerra, las promesas de España, y la política de los liberales le han hecho concebir? Se vuelve a todos los que le hablan de una solución fuera de España. Pero si no está en pie, elocuente, erguido, moderado, profundo, un partido revolucionario que inspire, por la cohesión y modestia de sus hombres, y la sensatez de sus proyectos, una confianza suficiente para acallar el anhelo del país. ¿A quién ha de volverse, sino a los hombres del partido anexionista que surgirán entonces?

“¿Cómo evitar que se vayan tras ellos todos los aficionados a una libertad cómoda, que creen que con esa solución salvan a la par su fortuna y su conciencia? Ese es el riesgo grave. Por eso es llegada la hora de ponernos de pie”.

El Comandante en Jefe Fidel Castro, en el Informe al Primer Congreso del PCC, celebrado en 1975, valora la labor organizativa de José Martí:

“Bajo la guía de José Martí, cuyo genio político rebasó las fronteras de su tierra y de su época, se organizó un Partido para dirigir la Revolución. Esa idea, que paralelamente desarrolló también Lenin para llevar a cabo la revolución socialista en el viejo imperio de los zares, es uno de los más admirables aportes de José Martí al pensamiento político”.

De acuerdo con el objetivo antimperialista de la lucha, José Martí no piensa sólo en la independencia de Cuba, siguiendo únicamente los dictados de su amor patriótico, manifestado desde los 16 años de edad, sino que sus actos trascienden los marcos de la Guerra de los Diez Años:

“Ya estoy todos los días en peligro de dar mi vida por mi país y por mi deber —puesto que lo entiendo y tengo ánimos con que realizarlo— de impedir a tiempo con la independencia de Cuba que se extiendan por las Antillas los Estados Unidos y caigan, con esa fuerza más, sobre nuestras tierras de América. Cuanto hice hasta hoy, y haré, es para eso. En silencio ha tenido que ser y como indirectamente, porque hay cosas que para lograrlas han de andar ocultas, y de proclamarse en lo que son, levantarían dificultades demasiado recias para alcanzar sobre ellas el fin”.

Martí explica, persuade, convence, sobre la idea y la necesidad de la creación de la república nueva, sustentada en la lucha armada, a través de la Guerra Necesaria, como única vía para lograr la definitiva separación de la metrópoli española; y así cobra todo su valor la concepción martiana del Partido.

En su prédica en favor de la independencia, nuestro Héroe Nacional destaca siempre la necesidad de que la Revolución fuera un movimiento político, con la organización que sólo un Partido puede darle.

Al calor de la doctrina martiana, empiezan a surgir las asociaciones patrióticas de los emigrados cubanos. El 25 de diciembre de 1891, invitado por un comité organizador Martí llega a Cayo Hueso, donde se reúne con representantes de agrupaciones provenientes de varios lugares de los Estados Unidos. Allí redacta las Bases del PRC, aprobadas el 5 de enero de 1892:

“El Partido Revolucionario Cubano se constituye para lograr con los esfuerzos reunidos de todos los hombres de buena voluntad, la independencia absoluta de la isla de Cuba, y fomentar y auxiliar la de Puerto Rico”.

En las Bases del Partido, José Martí proyecta la nueva república…

“…. fundar un pueblo nuevo y de sincera democracia, capaz de vencer los peligros de la libertad en una sociedad compuesta para la esclavitud; salvar al país de los peligros internos o externos que lo amenacen y sustituir el desorden económico por un sistema de hacienda pública que permita la actividad diversa de sus habitantes”.

Durante el mes de enero de 1892, con la aprobación de las Bases y los Estatutos, se inicia el proceso para la fundación del PRC, fruto de la tenaz lucha por la unidad de todos los patriotas, a partir del ideario antimperialista martiano, que siempre fundamentó la necesidad de estar unidos para enfrentar al poderoso vecino del Norte.

El Primer Partido Marxista Leninista en Cuba

Apenas iniciada la Guerra Necesaria, organizada y dirigida por el PRC, Martí cae en combate en mayo de 1895 y termina la lucha otra vez sin independencia real; el Partido comienza a perder su carácter democrático y en 1898 se disuelve. Instaurada la seudo-república, la herencia martiana se salva, y en 1925, Julio Antonio Mella y Carlos Baliño fundan el Primer Partido Marxista Leninista, como continuidad de las ideas de José Martí, asegura Fidel:

“La larga prédica, la lección y el ejemplo de los comunistas, iniciados en los días gloriosos de Baliño y Mella al calor de la Revolución victoriosa de Octubre, habían contribuido a divulgar el pensamiento marxista-leninista, de modo que se convirtió en una doctrina atrayente e incontrastable de muchos jóvenes que nacían a una conciencia política”.

El Partido Comunista, permanece en la clandestinidad hasta 1938; y al año siguiente toma el nombre de Unión Revolucionaria Comunista. A partir de 1944, la organización se reconoce como Partido Socialista Popular, hasta que en 1953, es declarado ilegal por la dictadura de Fulgencio Batista.

El Partido es hoy el alma de la Revolución Cubana

El 1ro de enero de 1959, la triunfante Revolución cubana barre el coloniaje yanqui en la Isla, que durante casi 57 años impuso la república mediatizada; y en abril de 1961 comienza un amplio proceso unificador a través de las llamadas popularmente ORI, Organizaciones Revolucionarias Integradas; que constituyó el primer paso hacia la creación del instrumento político unitario de la Revolución cubana.

“Por eso —dice Fidel—, el 16 de abril en viril escenario de fusiles levantados por los brazos y los puños vigorosos de nuestros obreros, en el entierro de las víctimas del bombardeo mercenario, y próximos a entrar en combate contra los invasores, el pueblo trabajador pudo proclamar el carácter socialista de nuestra Revolución.

“Las condiciones estaban dadas para vertebrar en un solo partido a todos los revolucionarios”.

Un año después, el 26 de marzo de 1962, se inicia una nueva etapa en la construcción del Partido, que a partir de esa fecha se denomina Partido Unido de la Revolución Socialista de Cuba, el PURSC.

El 1ro de octubre de 1965 se constituyen oficialmente el Comité Central y el Buró Político; y el día 3, Fidel hace pública la integración de la máxima dirección del PCC.

Comienza una nueva etapa en la vida del pueblo cubano, que inicia una forma distinta de sociedad, con el gobierno del Partido de los trabajadores, y la participación plena de las masas…

“… y este paso significa mucho, significa uno de los pasos más trascendentales en la historia de nuestro país, significa el momento histórico en que las fuerzas unificadoras fueron superiores a las fuerzas que dispersaban y dividían, significa el momento histórico en que todo un pueblo revolucionario se unió estrechamente, en que el sentido del deber prevaleció sobre todo, en que el espíritu colectivo triunfó sobre todos los individualismos, en que los intereses de la patria prevalecieron ampliamente y definitivamente sobre todo interés individual o de grupos, significa haber alcanzado el grado más alto de unión y de organización con la más moderna, la más científica, a la vez que la más revolucionaria y humana de las concepciones políticas”.

La historia de la Revolución tiene como fundamento de su existencia la unidad del pueblo cubano, porque como dijera José Martí, “El Partido es el alma de la Revolución”, legado ratificado por nuestro Comandante en Jefe, desde la constitución del Partido Comunista de Cuba, en 1965, que hoy mantiene plena vigencia.

“Defenderemos, como hemos defendido hasta hoy, nuestros puntos de vista y nuestras posiciones y nuestra línea, de manera consecuente con nuestros actos y con nuestros hechos. Y nada nos podrá apartar de ese camino”.

El Partido es fruto legítimo de la Revolución y al propio tiempo su vanguardia, que garantiza, junto al pueblo, su continuidad histórica. (Imagen: www.granma.cu)

(Fuentes: Textos de Pedro Pablo Rodríguez, Ediciones Verde Olivo, ECURED, Ibrahim Hidalgo, Luis Toledo Sande, Luis Suardíaz, y la Editora Política del Partido).



El Partido de Martí y la traición de Tomás Estrada Palma


El Partido Revolucionario Cubano, creación magistral de José Martí, fundado el 10 de abril de 1892, fue disuelto el 21 de diciembre de 1898 por Tomás Estrada Palma sin haber cumplido uno de sus propósitos: la liberación de Puerto Rico


Martí, al centro, junto a otros miembros del Partido Revolucionario Cubano. (Foto: Archivo)

La historia es compleja, tanto como la psiquis y el comportamiento de los hombres; también de los pueblos. Cuando nos adentramos en la Historia de Cuba encontramos a cada paso hechos contradictorios que parecen no tener lógica, sobre todo porque, a la luz de los años transcurridos, en el momento actual no contamos a veces con todos los elementos para juzgar con pleno conocimiento de causa sucesos de hace más de una centuria.

Cuando Martí funda el Partido Revolucionario Cubano (PRC) el 10 de abril de 1892, durante su exilio en los Estados Unidos, había transitado un largo camino en el estudio de las causas del fracaso de la Guerra Grande (1868-1878), y asumido el propósito de dedicar todas sus fuerzas a la misión de organizar un movimiento lo suficientemente fuerte y unido que pusiera en función de la Independencia de Cuba a los cubanos de dentro y fuera de la isla.

Fue su idea la de fundar un periódico: Patria, que vio la luz el 14 de marzo de 1892 en Nueva York, y crear una organización política de nuevo tipo: el Partido, elementos básicos de los que careció el primer gran intento separatista en el archipiélago. El primer artículo de las Bases del PRC plantea textualmente: “El Partido Revolucionario Cubano se constituye para lograr, con los esfuerzos reunidos de todos los hombres de buena voluntad, la independencia absoluta de la isla de Cuba, y fomentar y auxiliar la de Puerto Rico”.

Bajo la dirección de José Martí, electo delegado de la institución partidista por el consenso de las bases —clubes— que lo integraron, el PRC cumple ejemplarmente las tareas organizativas de la Revolución en su segunda etapa, sin cejar en uno solo de los principios y objetivos enunciados en las Bases del Partido; pero en enero de 1895 el Maestro se traslada a República Dominicana para precisar con Máximo Gómez, los últimos aprestos antes de dirigirse a Cuba, donde en el ínterin, estalla la guerra.

Cuando esto sucede, queda en territorio estadounidense como sustituto del Apóstol, Tomás Estrada Palma, uno de los miembros de la directiva del PRC, al frente de la Delegación Plenipotenciaria del Consejo de Gobierno. Dada la ausencia de Martí, Estrada Palma margina al aparato del Partido, al sustituirlo por su Consejo, quitando a los clubes, en un momento dado, la facultad de elegir al delegado, lo que viola su principio democrático.

Con Estrada Palma al mando, Patria dejó de insertar espacios oficiales dedicados a promover la creación y organización de las fuerzas revolucionarias en el interior de Puerto Rico. No lo hacía el Partido bajo la dirección de él, ni lo hacía el Consejo de Gobierno o, al menos no lo incluía en su concepción estratégica como parte de una guerra que debía expulsar a España de las Antillas.

Y esto ocurrió pese a que, hasta hacía pocos meses, puertorriqueños y cubanos formaban una unidad de acción y de pensamiento que condujo a la organización de la guerra en Cuba y a mantener vivo el espíritu rebelde de los hermanos de ideales. Meses después de iniciado el conflicto, un grupo de puertorriqueños decidió organizarse para tomar en sus manos el objetivo inicial. La idea tenía serias implicaciones divisionistas, pero Estrada Palma nada hizo por impedir su ejecución, sino que, por el contrario, la apoyó.

Cierto que eran distintas las condiciones en una y otra islas, pues mientras en una se desarrollaba la contienda independentista, detonada el 24 de febrero de 1895, en la otra prevalecía un ambiente de paz y estabilidad, estimulado por la favorable situación económica derivada de los altos precios del café —uno de sus principales productos de exportación—, lo que no niega que los separatistas puertorriqueños podrían haber hecho mucho más entre la población humilde de su ínsula para fomentar en esta las ansias de independencia. 

El mal manejo y desidia de una parte y la falta de miras de otra, impidieron la coordinación efectiva para que el estallido independentista se diera también en Puerto Rico, lo que hubiese situado a España en una difícil situación militar y política, pero el mal manejo de Estrada Palma provocó en los emisarios de Borinquen un clima de desconfianza hacia la dirección del PRC. 

De parte del Partido bajo la tutela de Estrada Palma, se produjo una transformación de las bases ideológicas que se acentuó con el cambio en la proyección del organismo hacia Puerto Rico, ignorando la prédica y acción solidarias de carácter latinoamericanista y antiimperialista de José Martí, porque don Tomás, al decir de Ibrahim Hidalgo Paz, no se identificaba con el proyecto martiano de república popular y democrática con amplia participación de las mayorías de la nación, que conservara el equilibrio entre las diferentes clases y garantizara la justicia social.

Los sectores representados por el nuevo delegado, expresa Hidalgo Paz, eran de tendencia conservadora y temían el ascenso de las masas hacia un papel protagónico en la contienda, con la posibilidad de alcanzar el triunfo sobre el colonialismo por medio de las armas.

Estrada Palma se rodeó de cubanos que no se habían destacado en la fase conspirativa de la guerra en curso ni en las labores de la emigración, incluido Enrique Trujillo, enconado crítico de Martí en la etapa precedente. Esto no exime a la parte borinqueña de sus propios errores. Además, durante la guerra, oficiales y jefes del Ejército Libertador hicieron planes de apoyo a la lucha en la otra Antilla, que no llegaron a fructificar.

ESTRADA: CRÍMENES DE LESA PATRIA

¿A quién encarnaba, pues, Estrada Palma? ¿Fue su línea política a partir de la muerte de Martí una traición a los postulados que defendía su mentor? Ya se sabe de sus roces con Maceo en plena invasión en 1896, por sus intentos de comprar la libertad de Cuba mediante créditos de banqueros yanquis, mientras el Titán y otros miles de cubanos se batían a muerte en la manigua.

Sabemos también que el 21 de diciembre de 1898, dominada la isla por Estados Unidos, el señor Tomás decide disolver el Partido Revolucionario Cubano sin contar con las bases. Se conoce, además, que en la última etapa de la ocupación norteamericana en Cuba (1898-1902), las autoridades estadounidenses en la isla lo prepararon todo jurídica y orgánicamente para el triunfo de su pupilo Estrada Palma, quien asume el gobierno de la república mediatizada el 20 de mayo de 1902.

Como si le faltaran errores y traiciones, aquel que un día fue ponderado por Martí como “el cenobita de Central Valley” y fuera uno de sus más cercanos discípulos, pide en 1906 una nueva intervención norteamericana en Cuba para solucionar un conflicto político interno con la oposición liberal, sin consultar al Congreso ni al pueblo.

Estados Unidos accede, no sin desagrado, porque aquel acto lo pone en evidencia ante los ojos del mundo, luego de su jugada teatral de haber retirado en 1902 sus tropas de la Isla, la cual para entonces había prácticamente comprado a precio de ganga, gracias a Estrada Palma; un hombre que, para colmo, había ayudado con su voto favorable, a la deposición del presidente Céspedes en 1873, en Bijagual de Jiguaní, creando las premisas para el fracaso de la Guerra de los Diez Años.

A grandes rasgos y como representante de una parte importante de la burguesía cubana de la época, Estrada Palma es en gran medida responsable ante la historia de que el Partido Revolucionario Cubano, no hubiese cumplido cabalmente los objetivos enunciados en sus bases. La política de la Revolución continuada por Fidel Castro, hacia Borinquen, de firme apoyo a su independencia y soberanía, sigue fielmente los postulados del Apóstol.



José Martí y el Partido Revolucionario Cubano como intelectual colectivo


por Hernán Ouviña

Hace cien años, Vladimir Ilich Ulianov sentenció en uno de sus textos más incendiarios que “en vida de los grandes revolucionarios, las clases opresoras les someten a constantes persecuciones, acogen sus doctrinas con la rabia más salvaje, con el odio más furioso, con la campaña más desenfrenada de mentiras y calumnias. Después de su muerte, se intenta convertirlos en santos inofensivos, canonizarlos, por decirlo así; rodear sus nombres de una cierta aureola de gloria para ‘consolar’ y engañar a las clases oprimidas, castrando el contenido de su doctrina revolucionaria, mellando su filo revolucionario, envileciéndola”.

Por las paradojas de la historia, la obra de José Martí sufrió un derrotero similar al descripto por Lenin: en vida, padeció el desprecio visceral de los poderosos, incluida la endeble burguesía cubana de aquel entonces, más asustada por la guerra iniciada por los patriotas exiliados que ansiaban la emancipación de su pueblo oprimido, que por la persistencia del colonialismo bajo nuevos ropajes en la convulsionada isla. Sin embargo, al poco de su caída en combate el 19 de mayo de 1895, nuestro maestro pasó a ser reivindicado en ámbitos y espacios insospechados, aunque desde una perspectiva amputada que tornaba inofensivo a su discurso y su acción política. Martí devino así un poeta inigualable, un lúcido periodista, un destacado diplomático, un orador magistral, un escritor de epístolas como pocos, surgido desde el riñón de nuestro continente y reconocido incluso “en las entrañas del monstruo”.

Pero esas facetas asumidas y celebradas hasta por los sectores más conservadores, en nada se emparentaban con la vocación que signó su devenir como revolucionario. Este envilecimiento de la “obra” martiana fue denunciado tempranamente por otro cubano ejemplar. El joven Julio Antonio Mella supo expresar en las primeras décadas del siglo XX que “Ora es el político crapuloso y tirano quien habla de Martí. Ora es el literato barato, el orador de piedras falsas y cascabeles de circo, el que utiliza a José Martí”. De este modo, nos advertía sobre una afición que con el tiempo tendió a hacerse carne en académicos, intérpretes y políticos del más diverso pelaje ideológico: el desvincular la escritura martiana, de aquella ineludible convicción militante e insurgente que caracterizó al Apostol.

Así pues, a contrapelo de estas lecturas que buscan descuartizar su legado, creemos que la obra de nuestro maestro cubano debe concebirse como una conjunción entre lo pensado y actuado por él. No hay dudas de la centralidad que cobra para Martí tanto la reflexión rigurosa en torno a la realidad que lo circunda, como la ferviente pasión por transformarla. En efecto, como nos advierte Roberto Fernández Retamar, Martí “reúne una suma de saberes y de oficios no a expensas de su actividad política ni viceversa, sino como partes esenciales de un todo. Es un fundador, un sabio, poeta porque es un dirigente revolucionario”. De manera análoga, Cintio Vitier dirá que su obra “es el testimonio de un hombre que no separó el arte de la vida, la palabra de la acción” y Ezequiel Martínez Estrada sentenciará que en él “literatura y acción se identifican”, por lo que “constituyen dos aspectos de su personalidad, de su ethos”.

Su ideario, por tanto, no puede disociarse de sus iniciativas prácticas, sino que está moldeado por los sustentos y metas de éstas. Toda su vida fue la de un militante integral: Pensamiento y acto, análisis exhaustivo y práctica revolucionaria, prosa y poesía, sentimientos solidarios y vocación emancipatoria, amor y sensibilidad extrema frente a los padecimientos de las y los oprimidos, configuran dimensiones de una totalidad dinámica y en permanente metamorfosis. De ahí que en el primer número de la Revista Venezolana, editada en 1881, Martí haya expresado que “Hacer es el mejor modo de decir”, si bien la palabra y el decir también debían ser parte ineludible de este hacer transformador. Por ello no dudará en afirmar en su mensaje A los cubanos de Nueva York de 1890, que “Decir es hacer, cuando se dice a tiempo”.

Nacido en La Habana un 28 de enero de 1853, sus primeros quince años de vida coincidieron con la antesala de la primera guerra insurreccional contra el colonialismo español, que tuvo como hito emblemático al “Grito de Yara” encabezado por Carlos Manuel de Céspedes. Y debido a su ética inclaudicable, Martí padeció desde muy joven el encierro, así como sucesivos destierros y expulsiones (su primer “escrito” significativo en prosa fue precisamente El presidio político en Cuba, un texto redactado ya en el exilio y de gran valor literario y político, en el que denuncia el dominio colonial en su amada isla y los padecimientos que, a la edad de 16 años, le generó su encarcelamiento y posterior expulsión de Cuba), que lo llevaron a padecer un prolongado exilio y la diatriba constante de quienes veían peligrar sus privilegios ante el proyecto político que él supo encarnar. Diversos fueron, a su vez, los países por lo que transitó como producto de las persecuciones sufridas: entre otros, México, Guatemala, Venezuela, España y por supuesto Estados Unidos, donde vivió (con breves interregnos y viajes) entre 1880 y 1895, hasta que decidió embarcarse en la justa guerra por la definitiva independencia de su amada Cuba. Pero por desgracia, a los pocos días de su incursión en la Isla junto a un contingente de patriotas integrantes del Partido Revolucionario Cubano, caerá muerto en combate el 19 de mayo de ese mismo año en la localidad oriental de Dos Ríos.

Es en función de esta tesitura que queremos rescatar la que supo ser su mayor apuesta militante: la creación y el fortalecimiento del Partido Revolucionario Cubano como organización clave para garantizar la liberación nacional en Cuba y las Antillas. Sin desmerecer su producción periodística, poética y ensayista, consideramos que toda su vida estuvo signada por esta invariante pasión transformadora, a tal punto que en pleno alzamiento insurreccional, pocos días antes de ser asesinado en el campo de batalla, en su conocida carta a Gonzalo de Quesada enviada desde Montecristi (Santo Domingo) el 1 de abril de 1895, deja en claro el vínculo estrecho entre lo escrito y lo actuado al momento de sopesar su obra: “De Cuba ¿qué no habré escrito?: y ni una página me parece digna de ella: sólo lo que vamos a hacer me parece digno”, expresará sin medias tintas.

De todas las creaciones a las que aportó Martí durante su ajetreada vida, quizás una de las más gratas y relevantes haya sido el Partido Revolucionario Cubano (PRC). De acuerdo al historiador Luis Vitale, a diferencia del resto de los movimientos anti-colonialistas y procesos revolucionarios latinoamericanos -liderados, en especial de 1810 a 1820, por caudillos o grupos selectos de las burguesías criollas-, el proyecto emancipatorio impulsado por Martí fue el único dirigido por un partido, cuya columna vertebral la constituían intelectuales comprometidos con las luchas populares, núcleos de obreros de avanzada y jefes militares patriotas que, como el mulato Antonio Maceo y el general Máximo Gómez, habían participado ya en Cuba en la primera guerra de liberación de los llamados Diez Años (1868-1878).

Esta convicción de no escindir, y menos aún enemistar, a los trabajadores manuales respecto de los trabajadores intelectuales, es un elemento clave para pensar el papel pedagógico que debía cumplir, según Martí, la novedosa organización revolucionaria que habían comenzado a gestar en el exilio: “Los convencidos de siempre y los que se vayan convenciendo; los que preparan y los que rematan, los trabajadores del libro y los trabajadores del tabaco; ¡juntos, pues, de una vez, para hoy y para el porvenir, todos los trabajadores!”, proclamó.

Consciente de la importancia de combatir la fragmentación de las clases populares, durante el intenso período de constitución del Partido, Martí aboga por la creciente articulación y confluencia de todos los sectores emigrados que, a pesar de coincidir en la urgencia de impulsar un nuevo proceso revolucionario, se mantenían hasta ese entonces altamente dispersos. Además, al decir de Vitale, “la estructura del Partido no era verticalista sino que daba bastante autonomía y posibilidad de una práctica de democracia horizontal”. Esta vocación democrática se evidencia en los Estatutos secretos del Partido elaborados por Martí, donde se delinea tanto la dinámica de funcionamiento interno como los derechos y deberes de sus miembros, teniendo como base la participación directa de éstos en la elección de los cargos de delegado del Partido, presidentes y secretarios de Cuerpos de Consejo y Asociaciones o Clubes, así como de los tesoreros. Como supo destacar Rubén Pérez Nápoles, Martí dedicó más de la mitad del epigramado de los Estatutos al modo que debía funcionar la democracia electiva en el seno del Partido, e incluso no tomó para el cargo al que luego asumiría por votación unánime, el apelativo de “presidente”, sino que “lo dejó para los cargos intermedios, y se adjudicó el de ‘delegado’, es decir, aquel en quien se delegaba una responsabilidad para ejecutarla, pero no para presidirla”.

Otro rasgo distintivo de esta innovadora organización fue el hecho de no tener, en palabras de Pérez Nápoles, “edad, ni sexo, ni nacionalidad. Aceptó, incluso desde su fundación, a mayores y jóvenes, a hombres y mujeres, y a colaboradores y afiliados de cualquier país y de cualquier continente. Por eso no fue nada extraño encontrar entre sus miembros Asociaciones, Clubes o Ligas compuestas solo por hombres, solo por mujeres, solo por jóvenes y solo por cubanos, o mixtas, donde cohabitaban hombres, mujeres y jóvenes, y también varias nacionalidades”. Desde esta perspectiva, el Partido oficiaba de verdadera escuela de formación, donde se ensayaba y prefiguraba en el presente el ideario democrático y republicano al que se aspiraba. En una emotiva Carta al General Máximo Gómez, Martí le expresa dicha convicción anticipatoria del porvenir: “Entiende el Partido que está ya en guerra, así como que estamos ya en república, y procura sin ostentación ni intransigencia innecesaria, ser fiel a la una y a la otra”. En esta epístola, también explicita que “la idea y el brazo” son dos elementos igualmente imprescindibles que hacen posible al PRC.

Es decir, no estamos en presencia de un ejercito de meros soldados que acometen una tarea asignada, sino que -en palabras de Martí- “el cultivo de la mente” aparece como un rasgo central de la organización, al igual que el “trabajo creador”. Asimismo, dejará en claro que “el cambio de mera forma no merecería el sacrificio a que nos aprestamos”. Por ello, en las Bases constitutivas del Partido, redactadas también por él y aprobadas en Cayo Hueso el 5 de enero de 1892, se afirma que como organización “no se propone perpetuar en la República Cubana, con formas nuevas o con alteraciones más aparentes que esenciales, el espíritu autoritario y la composición burocrática de la colonia, sino fundar en el ejercicio franco y cordial de las capacidades legítimas del hombre, un pueblo nuevo y de sincera democracia”.

Esta necesidad de concebir el proyecto revolucionario como democrático y colectivo, tenía sin duda como basamento un profundo balance autocrítico y una creciente hostilidad frente a las derivas “caudillistas” en las que habían recaído las iniciativas independentistas precedentes. Tempranamente puso en evidencia su rechazo tajante “a traer a mi tierra a un régimen de despotismo personal” y supo advertir en una misiva enviada al general Máximo Gómez que “un pueblo no se funda como se manda un campamento”, por lo que le resultaba “abominable el que se vale de una gran idea para servir a sus esperanzas personales de gloria o de poder, aunque por ellas exponga la vida”. En este sentido, resulta interesante -y sumamente actual para la coyuntura latinoamericana- la caracterización que Martí realiza más tarde de San Martín, como referente de las luchas emancipatorias del siglo XIX: “Vio en sí cómo la grandeza de los caudillos no está, aunque lo parezca, en su propia persona, sino en la medida en que sirven a la de sus pueblos”. De ahí que concluya afirmando que “lo que un grupo ambiciona, cae. Perdura, lo que un pueblo quiere. El Partido Revolucionario Cubano, es el pueblo cubano”.

Sería infructuoso intentar delimitar una fecha fundacional del PRC. Su nacimiento estuvo signado por todo un intenso y minucioso proceso de activación subterránea, que incluyó reuniones clandestinas, creación y articulación de clubes en el exilio, veladas patrióticas, viajes a numerosos territorios del continente, elaboración de diversos documentos políticos y organizativos -entre los que se destacan las Bases y los Estatutos del Partido, elaborados por el propio Martí- e incluso un órgano de propaganda, difusión y formación política, que llevará el título de Patria, y cuyo primer número aparecerá el 14 de marzo de 1892, volcando en sus páginas tanto las mencionadas Bases como el artículo “Nuestras ideas”, el cual da cuenta de la centralidad que tenía la batalla intelectual para él.


Patria, dirá Martí en este texto programático, nace “para contribuir, sin premura y sin descanso, a la organización de los hombres libres de Cuba y Puerto Rico, en acuerdo con las condiciones y necesidades actuales de las Islas, y su constitución republicana venidera; para mantener la amistad entrañable que une, y debe unir, a las agrupaciones independientes entre sí, y a los hombres buenos y útiles de las todas las procedencias, que persistan en el sacrificio de la emancipación, o se inicien sinceramente en él; para explicar y fijar las fuerzas vivas y reales del país, y sus germenes de composición y descomposición, a fin de que el conocimiento de nuestras deficiencias y errores, y de nuestros peligros, asegure la obra a que no bastaría la fe romántica y desordenada de nuestro patriotismo; y para fomentar y proclamar la virtud donde quiera que se la encuentre. Para juntar y amar, y para vivir en la pasión de la verdad, nace este periódico”.

Verdadero manifiesto de la “guerra justa y necesaria”, este texto puede concebirse como complemento y culminación del ensayo Nuestra América escrito en 1891. Luego de rechazar el fanatismo y los deseos individuales como motores del proyecto emancipatorio que comenzaban a ensayar, Martí explicará -a través de una frase que pasará a la historia- su posición respecto del conflicto bélico desatado por su Partido: “Es criminal quien promueve en un país la guerra que se le puede evitar; y quien deja de promover la guerra inevitable (…) La guerra, en un país que se mantuvo diez años en ella, y ve vivos y fieles a sus héroes, es la consecuencia inevitable de la negación continua, disimulada o descarada, de las condiciones necesarias para la felicidad a un pueblo que se resiste a corromperse y desordenarse en la miseria”.

En esta línea de continuidad con las guerras que antecedían a la encarada en ese entonces, una labor profundamente pedagógica y política era la que debía realizarse de cara a los experimentados partícipes en las batallas previas por la independencia definitiva de la isla. Tal como recuerda Pérez Nápoles, se requería, ante todo, “eliminar de la mentalidad de los veteranos la gravitación de los fracasos de las dos guerras anteriores y el espíritu derrotistas que condujo al convenio del Pacto del Zanjón” -acuerdo que determinó la capitulación del Ejército Libertador cubano frente a las tropas españolas, poniendo fin a la llamada Guerra de los Diez Años-, así como “tratar por todos los medios que en las filas del Partido no se enraizara el espíritu de la discordia y la rivalidad que existió entre los veteranos de 1868”.

Asimismo, otra tarea ineludible era las actividades clandestinas de carácter propagandístico, que incluían, entre muchas iniciativas, la difusión del ideario libertador plasmado en el periódico Patria y la recaudación de fondos por parte de las asociaciones de base y los comisionados de la organización, tanto dentro como fuera de Cuba. La función de estos últimos, en tanto emisarios, era la de oficiar de verdaderos intelectuales orgánicos y educadores populares en los territorios donde debían actuar.

A esta altura podemos aventurar que el Partido Revolucionario Cubano constituyó una organización con notables afinidades con respecto a la propuesta organizativa que pocas décadas más tarde esbozará Antonio Gramsci en sus Cuadernos de la Cárcel. Recordemos que, para el marxista italiano, el desafío de unificar a un pueblo disperso para dinamizar el proyecto emancipatorio anhelado, debía tener como referencia a un “Príncipe” de nuevo tipo, que permitiera dotar de cohesión nacional y de fortaleza ideológica a los sectores populares, aunque ya no podía encarnarse en una persona o en un individuo-Príncipe tal como lo concibió Maquiavelo siglos atrás, sino que se requería de una organización colectiva dentro de la cual la intelectualidad orgánica está llamada a cumplir una función pedagógico-política de suma relevancia, articulando sus conocimientos teóricos con su capacidad organizativa y de dirección político-cultural.

Este tipo de intelectuales, dirá Gramsci, debe poder combinar dialécticamente los saberes que porta, con el sentir plebeyo, de manera tal que se vaya gestando una nueva concepción del mundo y relaciones democráticas, en el seno mismo de la organización, en paralelo a su irradiación hacia otros territorios y ámbitos sociales. En última instancia, de lo que se trata es de hacer confluir la sana espontaneidad de las masas, con la dirección consciente que aporta esta intelectualidad crítico-transformadora, que desde ya no opera como un agente “externo” a los sectores en lucha, sino en tanto núcleo inmanente y de avanzada que desde su militancia cotidiana contribuye a crear una nueva cultura y a dotar de mayor organicidad a las diversas clases y grupos subalternos que pugnan por trascender el orden social dominante. Arriesgamos como hipótesis que si Martí puede ser considerado un intelectual orgánico de las clases populares antillanas, el Partido Revolucionario Cubano prefigura y encarna la metáfora del Príncipe Moderno, en pos de la segunda independencia a la que aquellas aspiraban.

En efecto, como organización revolucionaria el Partido cumplía el papel de verdadero intelectual colectivo, a tal punto que, según Pérez Nápoles, sus emisarios se abocaban a “visitar a los comprometidos en sus lugares de residencia y, una contactados, establecer la cadena de boca en boca explicándoles la grandeza, la extensión y energía del Partido. Recalcaban en cada lugar, región o provincia que igualmente estaba siendo visitada y organizada la isla entera. Conocían personalmente a todos los elementos revolucionarios de la localidad donde estaban destinados a desempeñar su función como comisionados, y también todos los elementos que, por un motivo u otro, eran opositores a la independencia. Organizaban los elementos revolucionarios de la región asignada, de modo que en cada localidad quedase establecido un núcleo, al habla con otros núcleos de diversas localidades, y, de ser posible, en contacto con el exterior” (…) Esclarecían que no se quería promover una guerra parcial ‘de arriba’, sin representación de los elementos populares (…) Dialogaban con los veteranos de las dos guerras anteriores y con los organizadores del nuevo levantamiento que se avecinaba, y ellos se encargaban desde el reclutamiento hasta la preparación de las armas y el estudio del enemigo y sus posiciones, dejando así preparado el espíritu de la nueva guerra. Se ponían al habla siempre que se pudiera, con hombres de holgada posición económica para que pactaran con los jefes locales las formas más adecuadas de sufragar gastos de preguerra y acordaran los impuestos de guerra. Apreciaban el elemento humilde de la población para valorar el entusiasmo real que había para entrar en la nueva contienda”. Convencer para vencer, podría ser la frase que mejor define a la conjunción de practicas y vínculos encarados por los comisionados y delegados del Partido, en tanto núcleo de avanzada de la independencia que buscaban conquistar.

En simultáneo, y consciente de la enorme batalla que debían librar, Martí contribuye a potenciar en las entrañas mismas del monstruo un espacio de autoeducación popular para las y los trabajadores de diversas nacionalidades, “los que vienen del país oprimido -dirá- y los que fuera de él les abren los brazos”, que ansiaban de conjunto formar parte de esta gesta emancipadora. La Liga de Nueva York -una de las sedes del Partido- oficiaba, según sus propias palabras, de “casa de educación y de cariño, aunque quien dice educar, ya dice querer. En la ‘Liga’ se reúnen, después de la fatiga del trabajo, los que saben que sólo hay dicha verdadera en la amistad y la cultura; los que en sí sienten o ven por sí que el ser de un color o de otro no merma en el hombre la aspiración sublime”. En ella se daban cita sobre todo obreros negros de origen cubano, pero también de otros países, para asistir a cursos, círculos de lectura y “clases” donde lo que predominaba era, de acuerdo a Martí, “la sencillez de quien conversa”. Tal como se reseña en varios artículos del periódico Patria, en las tertulias y reuniones se cultivaba el espíritu republicano y el “habitual manejo de las prácticas libres”, a partir del aprendizaje mutuo y la socialización de saberes y conocimientos diversos: “Uno enseña aritmética viva, y descompone los números para que se les vean los goznes, que es mejor modo que el de meras reglas. Otro, con la mano que estuvo en la gran gloria, guía al hombre hecho que viene a pedir letra. Otro, en conversación ambulante, y manteniendo lo uno con los demás, trata de los primeros conocimientos, y pica al principiante la curiosidad mayor. Otro se sienta a la mesa de preguntas, llena de escritos sin firma, y va hablando sobre cada cual de ellos, responde al tema, nota los méritos del escritor, endereza las faltas, predica la sinceridad de la forma, que enaltece el carácter tanto como la vicia, sin sentir, la forma insincera. Otro es gramático de obras, que pone y descompone ante los ojos el artificio del lenguaje, de modo que como quiera que caiga la frase queda en pie, y a la palabras les busca la historia y el parentesco, que es la escuela mejor para quien anhela pensar bien”, comentará Martí con su pluma inigualable.

Para concretar el sueño de una América plenamente emancipada, Martí proponía como faro estratégico un doble movimiento: “confianza y osadía”. Dos elementos subjetivos que, no obstante, anclaban en una certeza que tenía sólidas raíces en la realidad concreta que le tocó vivir, y que remitía a un continente en ebullición que pugnaba -y aún hoy lucha- por su integral liberación. Por ello, a modo de cierre, podemos concluir que frente a la constante fragmentación y la persistencia de fronteras que han obturado la posibilidad de concretar el sueño de una América unida, debemos hacer de aquella osadía un modus vivendi como pueblos hermanos que aspiramos a la articulación y confluencia creciente, aunque sin renegar de nuestras valiosas diversidades y tradiciones históricas.

Como es sabido, ese anhelo invariante tuvo a Simón Bolívar como a uno de sus mayores promotores. No casualmente, su figura fue una referencia constante para Martí, quien llegó a avisorar que el espectro del Libertador volvería a cabalgar con su espada en alto por las tierras de Nuestra América, para culminar el proyecto revolucionario que dejó inconcluso: “Ahí está él, calzadas aún las botas de campaña, porque lo que él no dejó hecho, sin hacer está hasta hoy: porque Bolivar tiene que hacer en América todavía”, expresó. De la osadía y la férrea vocación de unidad de nuestros pueblos depende que se concrete aquel sueño colectivo de una segunda y definitiva independencia.












IBASES DEL PARTIDO REVOLUCIONARIO CUBANO

Author: José Martí

Bases del Partido Revolucionario Cubano

El 4 de enero de 1892 se inició el proceso de estudio y aprobación de las Bases del Partido Revolucionario Cubano y sus Estatutos Secretos por parte de la emigración de Cayo Hueso, Tampa y Nueva York. Cada grupo de cubanos que quisiese formar un Club, analizó el documento, sugirió lo que estimó conveniente, y una vez, aprobados, se comunicó la aceptación al órgano central en Nueva York. Finalizado el proceso, se eligieron los cargos de Delegado, tesorero, secretario y presidentes de los cuerpos de consejo en Estados Unidos (Cayo Hueso, Tampa, Nueva York, Filadelfia, Ocala), Jamaica y Veracruz, estos cargos fueron:
Delegado José Martí
Tesorero Benjamín Guerra
Secretario Gonzalo de Quesada

Fragmento de la obra

Artículo 1.° El Partido Revolucionario Cubano se constituye para lograr, con los esfuerzos reunidos de todos los hombres de buena voluntad, la independencia absoluta de la Isla de Cuba, y fomentar y auxiliar la de Puerto Rico.

Artículo 2.° El Partido Revolucionario Cubano no tiene por objeto precipitar inconsiderablemente la guerra en Cuba, ni lanzar a toda costa al país a un movimiento mal dispuesto y discorde, sino ordenar, de acuerdo con cuantos elementos vivos y honrados se le unan, una guerra generosa y breve, encaminada a asegurar en la paz y el trabajo la felicidad de los habitantes de la Isla.

Artículo 3.° El Partido Revolucionario Cubano reunirá los elementos de revolución hoy existentes y allegará sin compromisos inmorales con pueblo u hombre alguno, cuantos elementos nuevos pueda, a fin de fundar en Cuba por una guerra de espíritu y método republicanos, una nación capaz de asegurar la dicha durable de sus hijos y de cumplir, en la vida histórica del continente, los deberes difíciles que su situación geográfica le señala.

Artículo 4.° El Partido Revolucionario Cubano no se propone perpetuar en la República Cubana, con formas nuevas o con alteraciones más aparentes que esenciales, el espíritu autoritario y la composición burocrática de la colonia, sino fundar en el ejercicio franco y cordial de las capacidades legítimas del hombre, un pueblo nuevo y de sincera democracia, capaz de vencer, por el orden del trabajo real y el equilibrio de las fuerzas sociales, los peligros de la libertad repentina en una sociedad compuesta para la esclavitud.

Artículo 5.° El Partido Revolucionario Cubano no tiene por objeto llevar a Cuba una agrupación victoriosa que considere la Isla como su presa y dominio, sino preparar, con cuantos medios eficaces le permita la libertad del extranjero, la guerra que se ha de hacer para el decoro y el bien de todos los cubanos, y entregar a todo el país la patria libre.

Artículo 6.° El Partido Revolucionario Cubano se establece para fundar la patria una, cordial, y sagaz, que desde sus trabajos de preparación y en cada uno de ellos, vaya disponiéndose para salvarse de los peligros internos y externos que la amenacen, y sustituir al desorden económico en que agoniza un sistema de hacienda pública que abra al país inmediatamente a la actividad diversa de sus habitantes.

Artículo 7.° El Partido Revolucionario Cubano cuidará de no atraerse, con hecho o declaración alguna indiscreta durante su propaganda, la malevolencia o suspicacia de los pueblos con quienes la prudencia o el afecto aconseja o impone el mantenimiento de relaciones cordiales.

Artículo 8.° El Partido Revolucionario Cubano tiene por propósitos concretos los siguientes:

I. Unir en un esfuerzo continuo y común la acción de todos los cubanos residentes en el extranjero.

II. Fomentar relaciones sinceras entre los factores históricos y políticos de dentro y fuera de la Isla que puedan contribuir al triunfo rápido de la guerra y a la mayor fuerza y eficacia de las instituciones que después de ellas se funden, y deben en germen en ella.

III. Propagar en Cuba el conocimiento del espíritu y los métodos de la revolución, y congregar a los habitantes de la Isla en un ánimo favorable a su victoria, por medios que no pongan innecesariamente en riesgo las vidas cubanas.

IV. Allegar fondos de acción para la realización de su programa, a la vez que abrir recursos continuos y numerosos para la guerra.

V. Establecer discretamente con los pueblos amigos relaciones que tiendan a acelerar, con la menor sangre y sacrificios posibles, el éxito de la guerra, y la fundación de la nueva República indispensable al equilibrio americano.

Artículo 9.° El Partido Revolucionario Cubano se regirá conforme a los estatutos secretos que acuerden las organizaciones que lo fundan.

Estatutos secretos del Partido Revolucionario Cubano

1. El Partido Revolucionario Cubano se compone de todas las asociaciones organizadas de cubanos independientes que acepten su programa y cumplan con los deberes impuestos en él.

2. El Partido Revolucionario Cubano funcionará por medio de las Asociaciones independientes, que son las bases de su autoridad, de un cuerpo de Consejo constituido en cada localidad con los presidentes de todas las Asociaciones de ella, y de un delegado y Tesorero,electos anualmente por las Asociaciones.

3. Los deberes de las Asociaciones son:

1. Adelantar, por toda especie de trabajos, los fines generales del programa del partido, y realizar las tareas especiales que la ocasión, o los recursos y situación de cada localidad hiciesen necesarios, y de las cuales serán instruidos por sus Presidentes.

2. Allegar, y tener bajo su custodia, los fondos de guerra.

3. Contribuir, por la cuota fijada que las necesidades corrientes impongan, y por los medios extraordinarios que sean posibles, a los fondos de acción.

4. Unir y disponer para la acción, dentro del pensamiento general, por la atracción y la cordialidad, cuantos elementos de toda especie le sean allegables.

5. Impedir que se desvíen de la obra común los elementos revolucionarios.

6. Recoger y poner en conocimiento del Delegado por medios del Cuerpo de Consejo todos los datos que le puedan ser útiles para la organización revolucionaria dentro y fuera de la Isla.

4. Los deberes del Cuerpo de Consejo son:

1. Fungir de intermediario continuo entre las Asociaciones y el Delegado.

2. Aconsejar y promover cuanto conduzca a la obra unida de las Asociaciones de la localidad.

3. Aconsejar al Delegado los recursos y métodos que las Asociaciones sugieran, o sugieran los Presidentes reunidos en el Cuerpo de Consejo.

4. Examinar y autorizar las elecciones de cada localidad.

5. Dar noticia quincenal al Delegado de los trabajos de las Asociaciones e indicaciones del Cuerpo de Consejo, y exigir del Delegado cuantas explicaciones se requieran para el mejor conocimiento del espíritu y métodos con que el Delegado cumpla con su encargo.

5. Los deberes del Delegado son:

1. Procurar, por cuentos medios quepa, la realización, sin atenuación de demora, de los fines del programa.

2. Extender la organización revolucionaria en el exterior, y muy principalmente en el interior, y procurar el aumento de los fondos de la guerra y de acción.

3. Comunicar a los Cuerpos de Consejo cuantas noticias y encargos se requieran a su juicio para la eficacia de su cooperación en la obra general.

4. Disponer económicamente de los fondos de acción que se alleguen.

5. Hacer visar por el Tesorero todos los pagos de su fondo de acción, y en caso de guerra todos los pagos que se hubieran de hacer por los servicios que por su naturaleza general recayesen en sus manos.

6. Arbitrar todos los recursos posibles de propaganda y publicación y de defensa de las ideas revolucionarias, y mantener los elementos de que disponga en la condición mas favorable a la guerra inmediata que sea posible.

7. Rendir cuenta anual, con un mes por lo menos de anticipación a las elecciones, de los fondos de acción que hubiese recibido y de su empleo, y caso de guerra, de los fondos que hubiere cumplido emplear.

6. Los deberes del Tesorero son:

1. Visar todos los pagos que el Delegado autorice.

2. Llevar las cuentas de los fondos recibidos y de su distribución.

3. Responder de los fondos que por el delegado se le entreguen en depósito 4. Rendir, en reunión del Relegado, cuenta anual de la inversión y estado de los fondos.

7. Cada Cuerpo de consejo elegirá un Presidente y un Secretario, que recibirán y distribuirán entre los Presidentes de las Asociaciones las comunicaciones del Delegado, y autorizarán las comunicaciones que los Presidentes de las Asociaciones deseen dirigir al Delegado.

8. Caso de vacante de una Presidencia de organización, entrará a llenarla el que resulte electo Presidente.

El Partido Revolucionario Cubano se compone de todas las asociaciones organizadas de cubanos independientes que acepten su programa y cumplan con los deberes impuestos en él.

9. Caso de muerte o desaparición del Delegado, el Tesorero lo pondrá inmediatamente en conocimiento de los Cuerpos de consejo, para proceder sin demora a nueva elección.

10. Caso de que un Cuerpo de Consejo creyera por mayoría de votos inconveniente la permanencia del Delegado a su cargo, tendrá derecho de dirigirse a los demás Cuerpos de Consejo exponiéndoles su opinión fundamentada, y el delegado se considerará depuesto si así lo declaran los votos de todos los Cuerpos de Consejo.

11. Caso de creer un Consejo por mayoría de votos conveniente alguna reforma a las Bases y Estatutos, pedirá al Delegado que proponga la reforma a los demás Cuerpos; y el Delegado, una vez acordada, estará a ella.

12. No podrá votar en las elecciones anuales de Delegado y tesorero sino la Asociación que cumpla con los deberes de las Bases y los Estatutos, y cuente, por lo menos, veinte socios conocidos y activos.

13. Cada Asociación tendrá un voto por cada grupo de veinte a cien miembros
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Para fundar un nuevo pueblo capaz de vencer
El 10 de abril de 1892 José Martí funda en Nueva York el Partido Revolucionario Cubano, la más radical formulación política de Latinoamérica hasta ese momento.
Por: 



Versión facsimilar de los estatutos del Partido Revolucionario Cubano, más conocido como Manifiesto de Montecristi, redactados por José Martí.

El 5 de enero de 1892 José Martí discute y aprueba, junto a un grupo de patriotas emigrados, en Nueva York las Bases y Estatutos del Partido Revolucionario Cubano (PRC), que se proclama oficialmente el 10 de abril del mismo año, con el objetivo de cohesionar las fuerzas que ansiaban la libertad de Cuba, tras varios intentos frustrados de lograrlo.

En el mes anterior había surgido el periódico Patria, principal medio de difusión de la nueva organización, creado también por Martí, para divulgar sus ideas sobre la Isla y la Guerra Necesaria, y dar a conocer las actividades del exilio cubano.

La más radical formulación política de Latinoamérica entonces, tenía entre sus objetivos que la República Cubana que se aspiraba fundar no tuviera espíritu autoritario, ni composición burocrática, donde el pueblo venciera los “peligros de la libertad repentina”. Además, lograr con el esfuerzo de todos la “independencia absoluta de Cuba y fomentar y auxiliar la de Puerto Rico”.

Otros de los propósitos del PRC estaban dirigidos a ordenar la guerra para que “asegure en la paz y el trabajo la felicidad de todos”; así como mantener relaciones cordiales con los pueblos amigos. Los "estatutos secretos" establecieron una organización muy sencilla, ya que podían fundarse todos los clubes que se estimaran convenientes, con independencia los unos de los otros, siendo su labor principal la recaudación de fondos.

La extraordinaria y eficaz labor de ese Partido culminó con la independencia de Cuba de la metrópoli española. Tanto sirvió de guía al pueblo, que al principio de la ocupación de la Isla por Estados Unidos se disolvió, ya que primaban intereses diametralmente opuestos. En esos momentos estaba al frente del PRC don Tomás Estrada Palma, primer presidente de la República Mediatizada.

Pero no fueron en vano los esfuerzos de entonces, pues a partir de la creación de esa organización política, todas las posteriores que pretendían ser radicales, independentistas y unir a los cubanos en una causa justa, han defendido esencialmente las ideas del Partido de Martí.

En ellas se inspiraron la Revolución del 30, el Partido Comunista de Cuba, la Revolución encabezada por Fidel Castro y la lucha actual por la patria que construyen y defienden los habitantes de la Isla caribeña.






21 Oct 2014



13 Feb 2016



16 Jan 2017



26 Nov 2014



3 Jul 2014



4 Jul 2015



1 Nov 2015



16 Sep 2014



3 Feb 2016



24 Jul 2016










sábado, 12 de octubre de 2019

La Lluvia al caer



Sentado en mi escritorio de trabajo, no podía mantenerme pensando en ninguna otra cosa que no fuera la intensa lluvia que estrepitosamente caía. 

Me asalta la nostalgia cuando veo caer la lluvia desde el cielo gris blancuzco y nuboso. De momento la veo caer al imperioso árbol de anacahuita. En cada rama, en cada hoja caen una a una las gotas de lluvias. Veo como después resbalan y caen al suelo desde cada hojita y desde el grueso tronco. Veo atreves de la luz que se proyecta entre los espacios ramificados de la exuberante anacahuita, como se forma ese gran y hermoso espectro de luz fantasmal atreves de la briza y el tímido viento que vacilantemente sopla en todo el derredor, que luce nublado, tranquilo y misterioso. Todo eso es lo que imagino, mientras me mantengo en serena quietud escuchando la lluvia caer. Tengo la sensación de ver como transforma cada lugar en el que cae.

Si, la lluvia me hace sentir un dejó de nostalgia. Cuantos recuerdos, cuantas añoranzas de mis tiernos años por allá en mi Sabana del Puerto querido, bello paraje de las Villa de las Hortensias. 

La yegua ceniza del abuelo, apuro rogarles nos dejaba montarla "tengan cuidado con está potranca no lo tire a tierra" no lo niego algunas veces con algún que otro estrepitaso saboreamos las húmedas tierras de la campiña del abuelo.

¡Ah! Ahora me asalta el recuerdo de las adolescentes que besuqueamos en las veredas del camino al río. Íbamos a buscar agua en el burro que Diomedes le puso por nombre barrancoli por lo chico del burrito que papa lo había comprado por las vueltas de la Cueva de Cívico.

¡Cuántos recuerdos, cuantas nostalgias! nos trae la lluvia. No olvido las lluvias de mayo en los ranchos de tabacos del abuelo, todos se iban al avistar los chubascos en las vespertina nubes antes de que llegarán los fuertes aguaceros, pero algunos nos quedábamos a discreción para consumar citas amorosas con alguna que otra jovenzuela en los nidales del rancho. 

Dicen “recordar es vivir” Estas cosas de aquellos años juveniles las recuerdo, cuando de tarde en tarde veo la lluvia caer…