Hay textos que no necesitan grandes palabras para llegar al corazón. Este es uno de ellos. Su fuerza no está en la elegancia literaria ni en la profundidad filosófica, sino en la sencillez con que nos recuerda algunas verdades que la vida nos enseña lentamente.

Antes que nada, conviene señalar que este texto suele circular atribuido a William Shakespeare, pero no existe evidencia de que haya sido escrito por él. Más bien se trata de una reflexión moderna de autor desconocido que, con el paso del tiempo, terminó asociándose a su nombre. Sin embargo, más allá de su origen, contiene enseñanzas sencillas y profundas sobre la vida, por lo que me ha motivado y me ha salido la siguiente reflexión:

Hay textos que no necesitan grandes palabras para llegar al corazón. Este es uno de ellos. Su fuerza no está en la elegancia literaria ni en la profundidad filosófica, sino en la sencillez con que nos recuerda algunas verdades que la vida nos enseña lentamente.
Con los años uno descubre que muchas de las preocupaciones que nos quitan el sueño terminan siendo pasajeras. Los problemas llegan, nos golpean, nos obligan a pensar y a madurar, pero casi siempre encuentran una salida. La vida tiene una extraña capacidad para seguir adelante.
También es cierto que esperar demasiado de los demás suele traer decepciones. No porque las personas sean malas, sino porque cada quien libra sus propias batallas. Cuando aprendemos a agradecer lo que recibimos sin convertirlo en una obligación ajena, encontramos una paz difícil de explicar.
El texto nos invita, además, a practicar virtudes sencillas que parecen pequeñas, pero sostienen la convivencia humana: escuchar antes de hablar, pensar antes de escribir, examinarse antes de criticar y perdonar antes de guardar rencor. Son enseñanzas antiguas que nunca pasan de moda.
A mis setenta y dos años, después de muchas alegrías, algunas pérdidas y no pocas tormentas, he llegado a comprender que la felicidad no suele esconderse en los grandes acontecimientos. Habita más bien en las cosas simples: una conversación sincera, el cariño de los hijos y los nietos, una caminata al amanecer, el recuerdo agradecido de quienes ya partieron o la satisfacción de haber sido útil a alguien.
La vida es breve. Lo sabemos desde jóvenes, pero solo lo entendemos de verdad cuando los calendarios comienzan a acumularse. Entonces descubrimos que el tiempo es el bien más valioso que poseemos y que cada día merece vivirse con gratitud.
Por eso, de todas las frases de este texto, quizás la más importante sea la última:
«Antes de morir… vive.»
Vive sin odio. Vive sin amarguras innecesarias. Vive agradeciendo más y quejándote menos. Vive cultivando afectos, sembrando recuerdos y dejando alguna huella buena en el camino.
Porque al final de la jornada, cuando miremos hacia atrás, no contarán tanto los bienes acumulados ni los cargos ocupados, sino el amor que dimos, las manos que ayudamos a levantar y los corazones que logramos tocar.
Y esa, tal vez, sea la forma más hermosa de vivir.
Con los años comprendí que vivir no es acumular días, sino llenar los días de afectos, recuerdos y gratitud.
Domingo A. Núñez Polanco











