jueves, 4 de junio de 2026

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 Domingolarevista.com

Invitamos a nuestros amigos lectores ver las últimas entradas de nuestro blog domingolarevista.com con temas e informaciones de carácter social, económico, político, entre otras variedades que le permitan tener conocimientos veraces y oportunas para su formación y conocimiento. 

La política como vocación cívica.

 Batalla de las ideas

“La política no es un mercado de promesas, sino un lugar de principios.”

Domingo Núñez en medio de los óleos de Duarte y Luperón pintado por el pintor dominicano Miguel Núñez

Una trayectoria política atravesada por el idealismo y la ética. Desde los sueños de juventud hasta el desencanto crítico.

A lo largo de mi vida, he sido testigo de muchas formas de entender la política. La he visto vestida de poder, disfrazada de oportunismo, envuelta en promesas huecas. Pero también la he visto como un llamado profundo al servicio, como una forma digna de encarnar el compromiso con el otro, con la comunidad, con el país.

Desde muy temprana edad me interesé por la política, influenciado por mi hermano Diomedes, que desde su tierna juventud dejaba entrever inclinaciones por las letras y por los asuntos públicos. En casa se hablaba de ideas, de justicia, de patria. Y así fui comprendiendo que la política no era cosa ajena, sino parte de la vida misma.

Después de la guerra de abril de 1965, la juventud vivía tiempos de utopía esperanzadora. Se soñaba con un porvenir de oportunidades y se asumía con seriedad el compromiso de lucha por esa esperanza. Eran años difíciles. La Guerra Fría marcaba el destino de los pueblos, con dos bloques hegemónicos que dividían también a los comprometidos con el cambio. Las persecuciones políticas se hicieron parte del paisaje de quienes levantaban la bandera del progreso.

Fue en ese contexto de efervescencia que escuchamos, con atención y convicción, el anuncio de Juan Bosch sobre la fundación del Partido de la Liberación Dominicana. Pocas horas después de aquel anuncio histórico, ya Diomedes y yo estábamos decididos. Vivíamos en la capital, en la pensión de Doña Nicó. Para entonces, estudiábamos en la Universidad Autónoma de Santo Domingo. Él cursaba Letras; yo, Economía. Y junto a otros compañeros de estudios, amigos del pueblo, de Bonao y jóvenes inquietos por el país, nos integramos de inmediato al naciente partido.

Lo hicimos con ilusión, con disciplina y con fe en que otra política era posible. Vivimos la etapa formativa del PLD, sus círculos de estudio, sus jornadas de discusión ideológica, sus primeras campañas. Fuimos parte de una generación que soñó con transformar la República Dominicana desde la base, con ética, con ideas, con ejemplo.

Cuando el PLD llegó al poder por primera vez, el país comenzó a avanzar. Se sintieron los vientos de modernización en la administración pública, el crecimiento económico y una apuesta por el conocimiento. Sin embargo, con el tiempo también llegaron los errores, especialmente durante los gobiernos de Danilo Medina. Se desdibujaron principios, se bajó la guardia ética. Aquello nos llevó a tomar distancia de la política partidaria activa, aunque nunca dejamos de apostar por un porvenir mejor para la nación.

Hoy sigo con mis simpatías políticas, inclinadas hacia Leonel Fernández, a quien vi crecer y asumir con solvencia el legado de Bosch. Y tengo una mirada esperanzada sobre su hijo Omar, a quien percibo como una reserva valiosa, una “mina de oro”, como dijera una vez el propio Juan Bosch sobre Leonel.

Sigo creyendo, a pesar de todo, que la política puede ser decente. Que aún hay hombres y mujeres que la entienden como un apostolado. Que vale la pena levantar la voz, aunque sea para recordar que todavía hay principios que no caducan.

Y escribo esto también para que mis nietos, al leerme un día, sepan que la política no es solo campaña y promesas, sino pasión por lo justo, y que el civismo no es un adorno, sino la raíz de toda democracia verdadera.

Por Domingo Núñez Polanco

Dieta bíblica:alimentos naturales y poco procesados, similares a los que aparecen mencionados en la Biblia.

 Vida y salud

¿Dieta bíblica o regreso a la comida de verdad?

En tiempos donde los alimentos ultraprocesados ocupan gran parte de nuestra mesa, una tendencia está llamando la atención de miles de personas: la llamada «dieta bíblica». Aunque su nombre pueda parecer novedoso, en realidad se basa en algo muy simple: consumir alimentos naturales y poco procesados, similares a los que aparecen mencionados en la Biblia.

Frutas, verduras, legumbres, cereales integrales, pescado, huevos, semillas y algunas carnes forman parte de esta propuesta alimentaria. Más que una dieta para adelgazar, sus seguidores la presentan como una forma de mejorar la salud y, para muchos creyentes, también de fortalecer la vida espiritual.

Uno de los aspectos más conocidos es el llamado «ayuno de Daniel», inspirado en el relato bíblico del profeta Daniel. Durante varios días se eliminan productos procesados, dulces, frituras y otros alimentos considerados menos saludables, dando prioridad a vegetales, legumbres y agua.

Ahora bien, conviene separar la fe de la ciencia. Los especialistas coinciden en que aumentar el consumo de alimentos naturales suele aportar beneficios para la salud cardiovascular, ayuda a controlar el peso y reduce factores de riesgo asociados a enfermedades como la diabetes o la hipertensión. Sin embargo, no existen alimentos milagrosos ni dietas capaces de curar por sí solas enfermedades físicas o emocionales.

Quizás la verdadera enseñanza detrás de esta tendencia no está en que los alimentos sean «bíblicos», sino en que nos invita a volver a hábitos que nuestras abuelas ya conocían: comer menos productos industriales, cocinar más en casa, consumir alimentos locales y mantener una alimentación equilibrada.

También es importante recordar que la alimentación en tiempos bíblicos era muy diferente a la actual. No existían refrescos, comida rápida, snacks industriales ni grandes cantidades de azúcar refinada. Por eso algunos expertos consideran que parte del éxito de esta tendencia se debe simplemente a que reduce el consumo de ultraprocesados.

En definitiva, más allá de las creencias religiosas de cada persona, la popularidad de la dieta bíblica refleja una preocupación creciente por la salud y una búsqueda de estilos de vida más sencillos y naturales. Como ocurre con cualquier régimen alimenticio, la moderación, el equilibrio y el asesoramiento profesional siguen siendo las mejores herramientas para cuidar nuestro bienestar.

Porque al final, más que una dieta de moda, el mensaje parece ser uno muy antiguo: comer mejor para vivir mejor.

DomingoLarevista.com

Referencia: RT

Leer completo aquí: https://actualidad.rt.com/a-fondo/607343-dieta-biblica-tendencia-cobrar-popularidad

¿Quién cuida el alma del país?

Hay quienes cuidan las finanzas, quienes cuidan la seguridad, quienes custodian las fronteras o administran los recursos naturales. Pero, ¿quién cuida el alma del país?


Un país no se sostiene solo por su economía, ni por la fuerza de su ejército, ni siquiera por su infraestructura. Se sostiene —o se derrumba— por la fortaleza o el deterioro de su alma. Y el alma de una nación está compuesta por aquello que no siempre se ve: la ética colectiva, la memoria compartida, la capacidad de soñar juntos, el respeto a la dignidad humana, el compromiso con lo que nos hace mejores como comunidad.

Domingo Núñez posa en medio de dos oleos: Duarte y Luperón, pintado por el pintor dominicano Miguel Núñez

Vivimos tiempos en que el pragmatismo arrasa todo. Se valora lo útil, lo inmediato, lo que da rentabilidad o notoriedad. Se enseña a competir, pero no siempre a convivir. Se enseña a consumir, pero no a conservar. Se enseña a hablar, pero no a escuchar.

Uno de los desafíos que hoy enfrenta el alma de la República Dominicana es el relacionado con su identidad histórica y cultural, frente a un proceso migratorio que, por su magnitud y descontrol, ha comenzado a impactar profundamente nuestra composición social. Nos referimos, sin evasivas, a la inmigración masiva proveniente de Haití. No se trata aquí de negar derechos humanos ni de caer en odios, sino de advertir sobre una realidad que amenaza la continuidad de una nación con historia, con símbolos, con lengua, con religiosidad, con costumbres que merecen ser preservadas.

La falta de políticas claras, firmes y soberanas frente a esta situación también es una forma de abandono del alma nacional. La clase dirigente ha preferido, en muchos casos, el silencio o la conveniencia, dejando sin defensa la conciencia del país. No se puede cuidar el alma del país si no se cuida su historia, su lengua, sus tradiciones, su integridad territorial, su modelo de convivencia.

Cuidar el alma del país implica proteger sus raíces, sin negar los derechos del otro. Implica poner límites sin perder la compasión, pero también actuar con responsabilidad, para que no se diluyan los valores que nos definen como pueblo.

Hay una crisis silenciosa que avanza: la pérdida de referentes morales, la indiferencia, el olvido de la historia, la normalización de lo incorrecto. Es una crisis del alma. Y nadie parece asumir el deber de custodiarla.

Cuidar el alma del país no es tarea exclusiva del Estado. Es un compromiso ciudadano. Es tarea del maestro que enseña con integridad, del artista que eleva la conciencia, del periodista que busca la verdad, del creyente que practica la misericordia, del joven que rechaza la corrupción aunque le convenga.

Un país sin alma puede tener recursos, pero no rumbo. Puede tener riquezas, pero no nobleza. Puede avanzar, pero sin saber hacia dónde ni por qué.

Es tiempo de volver la mirada a lo esencial. Porque el futuro que construyamos dependerá, en gran parte, de si fuimos capaces o no de cuidar el alma de la nación.

Por Domingo Núñez Polanco

Cuando la prudencia se impone sobre los tambores de guerra


Domingolarevista.com

Por fin, en la nación de Abraham Lincoln, aparecen personas con la cabeza fría y la resiliencia.

Por momentos, pareciera que el mundo ha olvidado las lecciones de la historia. Las guerras comienzan con facilidad, pero rara vez terminan como fueron concebidas. Por eso resulta alentador observar que, en la nación de Abraham Lincoln, todavía existen hombres y mujeres públicos capaces de actuar con serenidad, sentido institucional y responsabilidad histórica.

Domingo Núñez, administrador domingolarevista.com

La reciente decisión de la Cámara de Representantes de los Estados Unidos de aprobar una resolución para limitar la capacidad del presidente Donald Trump de continuar las operaciones militares contra Irán sin autorización expresa del Congreso constituye una señal importante para quienes creen en el equilibrio de poderes y en el respeto a la Constitución. La medida fue aprobada por una estrecha votación de 215 a 208, con el respaldo unánime de los demócratas y el apoyo de cuatro congresistas republicanos que decidieron anteponer sus convicciones a la disciplina partidaria.

La reacción del presidente Trump no se hizo esperar. Desde sus redes sociales calificó la resolución de «antipatriótica», «sin sentido» y llegó a afirmar que los legisladores que la apoyaron deberían sentirse avergonzados.

Sin embargo, más allá de las pasiones políticas del momento, la pregunta de fondo es otra: ¿quién tiene la facultad de llevar una nación a una guerra prolongada?

Los padres fundadores de los Estados Unidos procuraron evitar que una sola persona pudiera decidir por sí misma el destino militar de la nación. Por esa razón, la Constitución reservó al Congreso importantes atribuciones en materia de guerra y paz. Décadas más tarde, la Ley de Poderes de Guerra de 1973 reforzó ese principio al establecer límites temporales a las acciones militares emprendidas por el Ejecutivo sin autorización legislativa.

Lo ocurrido en Washington demuestra que las instituciones todavía conservan capacidad para ejercer controles y contrapesos. En tiempos de polarización extrema, cuando la lealtad partidaria suele imponerse al juicio crítico, resulta significativo que varios congresistas republicanos hayan decidido respaldar una iniciativa contraria a la posición de su propio presidente.

No se trata necesariamente de estar a favor o en contra de Donald Trump. Tampoco de simpatizar con Irán. Se trata de algo más profundo: la convicción de que ninguna democracia puede sostenerse si los mecanismos de control institucional desaparecen.

La historia universal está llena de ejemplos de guerras iniciadas bajo el influjo de la emoción, del orgullo nacional o de la presión política, cuyas consecuencias terminaron pagando generaciones enteras. Desde Vietnam hasta Irak, pasando por tantos otros conflictos, la humanidad ha aprendido que la prudencia suele ser una mejor consejera que la precipitación.

Por eso, independientemente del desenlace de esta resolución, merece reconocimiento la actitud de quienes, desde el Congreso estadounidense, han recordado que el debate, la reflexión y el control institucional son también formas de patriotismo.

Abraham Lincoln afirmó una vez que el mejor modo de preservar una nación es fortalecer sus instituciones. Más de un siglo y medio después, ese principio sigue teniendo plena vigencia.


Una reflexión sobre la democracia, la guerra y la responsabilidad de los gobernantes.


Más allá de Irán: una discusión sobre el poder y sus límites


Cuando los líderes políticos son capaces de poner límites al poder, incluso al poder de los suyos, la democracia sale fortalecida. Y cuando la razón logra imponerse, aunque sea por un instante, sobre los tambores de guerra, la humanidad entera tiene motivos para sentirse un poco más segura.
La controversia surgida en torno al conflicto con Irán trasciende el escenario militar del Medio Oriente. En realidad, el debate de fondo gira alrededor de una cuestión esencial para toda democracia: ¿hasta dónde debe llegar el poder de un presidente en tiempos de guerra?

Desde el inicio de las hostilidades, el 28 de febrero de 2026, han ido aumentando las voces críticas dentro de los propios Estados Unidos. Lo significativo es que los cuestionamientos ya no proceden únicamente de los sectores opositores. También han surgido dentro del Partido Republicano, demostrando que cuando están en juego asuntos de Estado, la conciencia puede pesar más que la disciplina partidaria.

La reciente resolución aprobada por la Cámara de Representantes constituye un hecho de especial relevancia porque representa el primer intento exitoso de superar la resistencia de una parte importante del bloque republicano respecto a la conducción de la guerra. Más que una confrontación política entre demócratas y republicanos, lo que está en discusión es la vigencia del principio constitucional de pesos y contrapesos que ha caracterizado históricamente al sistema estadounidense.

Los congresistas que respaldaron la iniciativa parecen haber comprendido una verdad elemental: el poder sin controles termina debilitando las instituciones que pretende defender. En las grandes democracias, la fortaleza de un gobernante no se mide por la ausencia de límites, sino por su capacidad para actuar dentro de ellos.

A todo esto se suma una preocupación práctica que inquieta a muchos legisladores: el costo económico del conflicto. Las guerras modernas no solo se libran en los campos de batalla; también impactan el bolsillo de los ciudadanos. El aumento de los gastos militares, las tensiones en los mercados energéticos y la incertidumbre económica mundial terminan repercutiendo en el precio de los combustibles, el transporte y numerosos productos de consumo cotidiano.

La historia demuestra que muchas guerras comenzaron impulsadas por objetivos aparentemente limitados y terminaron generando consecuencias imprevisibles. Por ello, la prudencia nunca debe confundirse con debilidad. En ocasiones, la mayor demostración de fortaleza política consiste precisamente en detenerse, reflexionar y escuchar las voces que llaman a la moderación.

Lo que hoy ocurre en Washington es una lección que trasciende las fronteras de los Estados Unidos. Nos recuerda que las instituciones democráticas existen para evitar que las decisiones más trascendentales dependan exclusivamente de la voluntad de una sola persona.

Como ciudadanos del mundo, debemos valorar a quienes son capaces de ejercer el poder con responsabilidad, pero también a quienes tienen el valor de ponerle límites cuando las circunstancias así lo exigen.

Porque, al final de cuentas, las naciones no se hacen grandes cuando acumulan poder militar, sino cuando sus instituciones son capaces de poner límites al poder mismo.

Este párrafo encaja muy bien con el estilo reflexivo y cívico que suele caracterizar sus artículos en DomingoLaRevista: analiza el hecho concreto, pero extrae una enseñanza más amplia sobre la democracia, la prudencia y el papel de las instituciones.

Las naciones no se hacen grandes cuando acumulan poder militar, sino cuando sus instituciones son capaces de poner límites al poder mismo. Domingolarevista.com

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El rostro de la patria: una lectura iconográfica de Duarte en la obra de Miguel Núñez

 




Resumen del Documento
Resumen

Este artículo analiza la iconografía de Juan Pablo Duarte en la obra del pintor Miguel Núñez, destacando cómo el artista parte de la única fotografía auténtica del patricio (tomada en Caracas en 1873) para recrear su rostro y humanidad. 

El documento argumenta que Núñez se aleja de la figura mitificada y grandilocuente para presentar a un Duarte sereno, austero y melancólico, marcado por el sacrificio y el exilio. A través de elementos simbólicos como la bandera, los libros y las ventanas abiertas, la obra trasciende el valor artístico para convertirse en un ejercicio de recuperación de la memoria visual dominicana, invitando a contemplar la dignidad y perseverancia del Padre de la Patria.

Puntos Clave:
La obra de Miguel Núñez se basa en la única fotografía auténtica de Juan Pablo Duarte, tomada en 1873 en Caracas por Próspero Rey.

El artista representa a Duarte no como un héroe mitificado, sino como un ser humano real, con un rostro sereno y reflexivo marcado por el sufrimiento y el exilio.

La mirada y las líneas del rostro en los óleos transmiten melancolía y firmeza, reflejando la vida de un hombre que sacrificó fortuna y bienestar por la independencia.

A diferencia de otras representaciones, la iconografía de Núñez usa la dignidad y la postura recta como lenguaje visual, evitando la grandilocuencia y los símbolos militares.

La vestimenta sobria, como el lazo negro y la cadena del reloj, vincula a Duarte con la imagen del intelectual decimonónico y el proyecto republicano.

Los símbolos en las pinturas (bandera, libros, ventanas abiertas, paisajes urbanos) funcionan como extensiones de su pensamiento y su visión de nación.

La obra explora gestos y momentos no registrados por la cámara, llenando los "silencios de la historia" con respeto documental y sensibilidad patriótica.

El valor de las pinturas trasciende lo artístico, constituyendo un ejercicio de recuperación de la memoria visual y la identidad nacional dominicana.


Artículo completo:  El rostro de la patria: una lectura iconográfica de Duarte en la obra de Miguel Núñez

Cuando una nación piensa en sus héroes, casi siempre los imagina a través de símbolos heredados. En el caso de la República Dominicana, el rostro de Juan Pablo Duarte ha sido durante generaciones una mezcla de memoria, idealización y veneración. Sin embargo, existe una sola imagen auténtica del Patricio: la fotografía realizada en Caracas en 1873 por el fotógrafo Próspero Rey, apenas tres años antes de su muerte. Esa fotografía, obtenida durante su exilio venezolano, constituye el único testimonio visual directo de Duarte.

La grandeza de la obra de Miguel Núñez consiste precisamente en partir de esa única evidencia histórica para devolvernos a Duarte como hombre real. No al héroe mitificado, sino al ser humano que cargó sobre sus hombros el peso de una patria soñada.

Un rostro marcado por el sacrificio

En estos óleos observamos un rostro sereno, austero y profundamente reflexivo. La frente amplia sugiere inteligencia y visión; la mirada, lejos de la arrogancia del vencedor, transmite la melancolía de quien ha visto frustrados muchos de sus ideales sin renunciar jamás a ellos.

Los ojos son quizá el elemento más poderoso de esta iconografía. No miran al espectador con desafío, sino con una mezcla de firmeza y recogimiento. Es la mirada de un hombre que sufrió el destierro, la pobreza y el olvido, pero que nunca abandonó su fe en la libertad dominicana.

Las líneas del rostro, la barba entrecana y la delgadez que Miguel Núñez conserva con respeto histórico recuerdan al Duarte fotografiado por Rey: un hombre prematuramente envejecido por las enfermedades, las privaciones y las adversidades de una vida entregada al servicio de la nación.

La dignidad como lenguaje visual

En ninguna de estas pinturas aparece un Duarte derrotado.

De pie, sentado, leyendo o sosteniendo un libro, el Patricio conserva siempre una postura recta y una elegancia sobria. La vestimenta oscura, el lazo negro y la cadena del reloj evocan al intelectual decimonónico, al ciudadano ilustrado que concebía la independencia no como una aventura militar, sino como un proyecto moral y republicano.

La iconografía construida por Miguel Núñez se aparta de la grandilocuencia para acercarse a la dignidad. Duarte no necesita uniformes ni espadas para expresar autoridad. Su autoridad nace de la integridad.

Los símbolos que acompañan al hombre

La bandera dominicana, los libros, los ventanales abiertos y los paisajes urbanos funcionan como extensiones simbólicas de su pensamiento.

La bandera representa la patria soñada y fundada.

Los libros evocan al educador, al pensador y al organizador de La Trinitaria.

Las ventanas abiertas sugieren esperanza y futuro.

La ciudad al fondo recuerda que Duarte pensó siempre en la nación concreta, en la comunidad humana que debía habitar la República.

Nada aparece por casualidad. Cada elemento dialoga con la vida del fundador.

De la fotografía a la memoria nacional

La fotografía de 1873 nos entregó el rostro histórico de Duarte. Miguel Núñez ha hecho algo más: ha explorado sus posibilidades humanas.

A partir de una sola imagen, ha imaginado gestos, posturas y momentos que la cámara nunca registró. No para inventar otro Duarte, sino para acercarnos al que existió. Sus pinceles llenan los silencios de la historia con respeto documental y sensibilidad patriótica.

Por eso estas obras tienen un valor que trasciende lo artístico. Constituyen un ejercicio de recuperación de la memoria visual dominicana.

Gratitud ante el rostro de la patria

En el aniversario de la muerte de Juan Pablo Duarte, estas pinturas nos invitan a contemplar algo más que una figura histórica.

Nos permiten mirar el rostro de un hombre que sacrificó fortuna, bienestar y reconocimiento personal por una idea de nación libre y soberana.

Al observar estos óleos, no vemos únicamente a Duarte. Vemos la perseverancia frente al destierro, la honestidad frente a la ambición, la fe frente a la adversidad. Y comprendemos que la verdadera grandeza del Padre de la Patria no reside solamente en haber fundado una República, sino en haber mantenido intacta su dignidad cuando todo parecía perdido.

Miguel Núñez nos devuelve ese rostro. Un rostro humano, sereno y profundamente dominicano. El rostro de la patria.

Con gratitud histórica y respeto a la memoria nacional.

Domingo Núñez

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