
Estimados amigos lectores:
En esta oportunidad deseo hacer una breve aclaración y, al mismo tiempo, pedir disculpas a quienes siguen con atención mis publicaciones.
En el artículo de la semana pasada, titulado «El rostro de la patria: una lectura iconográfica de Duarte en la obra de Miguel Núñez», indiqué que el trabajo sería presentado en tres entregas.
Como podrán advertir, aún quedan pendientes dos partes de esa serie.
La razón de esta pausa obedece a una fecha de especial significación para nuestra memoria histórica y cultural. El próximo 30 de junio se conmemora un nuevo aniversario del nacimiento del profesor Juan Bosch, figura fundamental de la vida intelectual, política y democrática de la República Dominicana.
Por tal motivo, he considerado oportuno posponer temporalmente las dos entregas restantes sobre Duarte para dedicar las próximas publicaciones a la serie «Juan Bosch: vida, pensamiento y legado», que también será presentada en tres entregas.
Concluida esta breve incursión en la obra y el pensamiento de Bosch, retomaremos la serie dedicada a Duarte y a la valiosa labor iconográfica del pintor Miguel Núñez.
Agradezco, como siempre, su comprensión, su lectura y su permanente acompañamiento.
Domingo Núñez Polanco
Juan Bosch: Vida, pensamiento y legado (1ra. entrega)

Hablar de Juan Bosch es, para mí, hablar de una de las raíces más sólidas del pensamiento nacional dominicano. Su vida fue un acto continuo de coherencia entre la palabra y la acción, entre la sensibilidad del escritor y la responsabilidad del ciudadano comprometido.
Desde mi adolescencia, el nombre de Juan Bosch resonaba en mi entorno con una mezcla de respeto, polémica y convicción. En las calles de mi pueblo se escuchaban apodos despectivos como «el ovejo», aludiendo a su cabellera canosa, o «cuentista», no por sus notables cuentos literarios, sino como burla de quienes no alcanzaban a entender la dimensión ética e intelectual de su figura.
Mi padre, sin embargo, no se dejaba confundir por esas etiquetas. Le indignaban los juicios ligeros de quienes repetían como papagayos frases hechas para denigrar la figura de Bosch. Con una firmeza tranquila, solía decir: “Yo creo en él. Es un político diferente… Con él, el país puede echar adelante.”
Esa afirmación temprana sembró en mí una semilla que con el tiempo germinó en conciencia. Ya en mi juventud, cuando comenzaba a formar mis propias inquietudes políticas, tuve el privilegio de conocer personalmente a Juan Bosch, gracias a mi hermano Diómedes, quien fue su asistente personal. Esa relación cercana nos permitió, como familia, establecer lazos de amistad con él, más allá del personaje público.
Descubrí en Bosch no solo al maestro del cuento y al estudioso incansable, sino al hombre de una sola palabra, al líder que pensó la política como un ejercicio de servicio y honestidad. Su vida fue un testimonio ejemplar de coherencia, lucidez y compromiso con la justicia social y la dignidad de los pueblos.
Desde su temprana vocación literaria hasta su exilio voluntario por negarse a pactar con la tiranía, Bosch encarna una rara integridad moral que marcó generaciones. Conocí su obra primero como lector curioso y luego como hombre consciente de que en sus páginas se encontraba una visión del país posible, del deber ciudadano y del respeto profundo por los pueblos de América.
Bosch fue mucho más que un político. Fue un sembrador de ideas, un maestro de generaciones, un estadista que pensó la democracia como instrumento de liberación y no como simple forma de gobierno. Su militancia surgió del deber y no del interés. Y su palabra, aún hoy, resuena con la fuerza de quien nunca traicionó sus convicciones.
Estos trabajos recogen esa mirada agradecida y reflexiva sobre su trayectoria, su pensamiento y su legado. No pretende ser una biografía ni una defensa, sino una forma de reconocer cuánto le debemos quienes creemos que un país mejor es posible, y que la política puede ser, como lo fue para Bosch, un acto de moral y de esperanza.
A propósito de Duarte y Bosch, terminamos esta primera entrega diciendo: Duarte nos legó la patria como ideal; Bosch nos enseñó a pensarla y servirla. Ambos continúan iluminando el camino de la nación dominicana.
La historia de un pueblo no se cuenta en un solo rostro ni en una sola voz; Duarte y Bosch, cada uno desde su tiempo, siguen dialogando con la conciencia nacional.
Por Domingo Núñez Polanco
Publicado en el periódico dominicano el Nuevo Diario:
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