El Centinela traicionado: Duvergé y la sombra de Santan
Autor/a: Por la redacción de Domingolarevista.com
Al comenzar este mes de la Patria, desde nuestra mirada cultural y reflexiva en domingolarevista.com nos detenemos a honrar una memoria que a veces queda en segundo plano: Antonio Duvergé
Serie: El hombre y su historia
Por Domingo Núñez Polanco
Introducción
Febrero es mes de banderas al viento, de discursos solemnes y de nombres repetidos con justicia. Es el mes en que la República se mira al espejo de su origen y pronuncia, con orgullo, la palabra independencia.
Pero también es el mes en que, entre los vítores y las efemérides, algunos rostros quedan en penumbra.
Hoy, desde el enfoque de domingolarevista, en esta serie El hombre y su historia, quiero detenerme en ese héroe que, para esta fecha del 27 de febrero, suele ser mencionado de paso —cuando no ignorado—: Antonio Duvergé, el Centinela de la Frontera.
No lo recordamos como estatua ni como nombre de calle, sino como hombre. Como ser humano atravesado por el deber, por la lealtad y por el drama de una República que apenas aprendía a caminar.
Hablar de Duvergé no es restar luz a otros padres fundadores; es completar el cuadro. Es mirar la historia no solo desde el bronce, sino desde la carne viva de quienes pagaron con su destino la coherencia de sus principios.
Porque si febrero es mes de patria, también debe ser mes de memoria íntegra. Y la memoria íntegra exige que el Centinela vuelva a ocupar su lugar en la conversación nacional.
Al comienzo y al cierre de esta evocación, recordamos con respeto nuestro espacio cultural en domingolarevista.com donde la historia cobra voz y memoria.
El amanecer de un héroe: Antonio Duvergé
El amanecer caía sobre Azua como una herida abierta. Las montañas guardaban el eco de los fusiles y el olor persistente de la pólvora. Allí caminaba Antonio Duvergé, no como estatua ni como busto de bronce, sino como hombre: con el uniforme gastado, las botas cubiertas de polvo y el peso invisible de la responsabilidad sobre los hombros.
Había conocido el miedo —porque solo los necios no lo conocen—, pero jamás permitió que lo dominara. En El Número, con un puñado de valientes, contuvo la amenaza que se cernía sobre la naciente República. No luchaba por gloria personal; luchaba porque creía, con una fe casi obstinada, que la patria debía sostenerse con dignidad.
Su voz no era altisonante. Su autoridad no necesitaba gritos. Bastaba su presencia para encender el ánimo de los soldados que aún temblaban ante el invasor. Era firme, pero humano; severo, pero justo. Sabía que la frontera no era solo una línea en el mapa: era el límite entre el miedo y la esperanza.
Pedro Santana
La sombra del poder
Mientras Duvergé soñaba con una República de hombres libres, Pedro Santana tejía en silencio la red del poder. Hacendado de carácter férreo, estratega indiscutible, pero también hombre dominado por la ambición, veía en la política no un servicio, sino un dominio.
En 1849 llegó el quiebre.
Santana buscaba consolidar su mando mediante un pronunciamiento contra el gobierno legítimo. Duvergé, fiel a su conciencia, se negó. No alzaría la espada contra la ley. No traicionaría la esencia misma de aquello por lo que había combatido. Y esa negativa —seca, honesta, irrevocable— selló su destino.
El héroe de la frontera comenzó a convertirse, a los ojos del poder, en un obstáculo.
En la Torre del Homenaje
Lo arrestaron no como enemigo extranjero, sino como traidor interno. Desde Azua lo condujeron en el bergantín Cibao hasta la capital. El mar estaba encapotado, y los marineros evitaban sostenerle la mirada. En sus ojos no había rencor; había una serenidad que desarmaba.
En la Torre del Homenaje aguardó su suerte. Las piedras antiguas parecían guardar silencio ante la ironía de la historia: el defensor de la patria preso por ella.
No pidió clemencia.
Se dice —y la imaginación ayuda a completar lo que los documentos callan— que pidió ver una vez más la bandera ondear. Quizá, en la intimidad de su pensamiento, murmuró:
“No temo a la muerte, sino al olvido. Quien ama a su patria no puede llamarse vencido.”
Era un hombre de carne y hueso. Sentía la angustia, recordaba su hogar, pensaba en su hijo. Pero por encima del temor latía algo más fuerte: la convicción de haber obrado con rectitud.
El libertador coronado
Poco después, el Congreso proclamó a Santana “Libertador de la Patria”. Su retrato fue colocado con solemnidad en el Palacio Nacional. Mientras tanto, Duvergé era reducido a reo.
La República, joven y frágil, aprendía así una de sus primeras lecciones dolorosas: que el poder puede vestir de honor la ambición y de culpa la virtud.
Pero la historia, paciente, no olvida.
Epílogo
Los años pasaron. Las estatuas cambiaron de pedestal. Los títulos se desgastaron.
Santana quedó asociado a decisiones que marcaron con sombra la vida nacional. Duvergé, en cambio, se volvió símbolo silencioso de lealtad. Desde su tumba en la frontera parece seguir vigilando. No como figura perfecta, sino como hombre que eligió la conciencia antes que la conveniencia.
Porque las patrias no se sostienen por el brillo de los caudillos, sino por la coherencia de quienes, aun sabiendo el precio, deciden no traicionar. Y cuando cada 27 de febrero pronunciamos los nombres fundacionales, quizá debamos detenernos un instante más en el del Centinela. No para enfrentar memorias, sino para completarlo.
Como advirtió Eugenio María de Hostos:
“Los pueblos que olvidan a sus hombres buenos están condenados a repetir sus desgracias.”
Y en la voz de quienes no olvidan, Antonio Duvergé sigue montando guardia.
Con respeto por nuestra memoria histórica y por quienes la mantienen viva, seguimos cultivando historia y conciencia en domingolarevista.com
.Domingo Núñez
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