domingo, 11 de diciembre de 2016

Siria: La gente quiere amor no guerra


Siria desde dentro: El amor y no la guerra

Diana Deglauy




Es poco el tiempo que tengo para escribir todo lo que viví en mi viaje a Siria como periodista. Fueron 15 días de mucho trabajo, de escuchar duras historias vitales y relatos intensos que sus protagonistas no siempre confesaban frente a una cámara de televisión. Esas cosas que en la pantalla no siempre se permiten, pero que en la charla entre personas es más transparente.

De cada una de las historias que pude conocer me llamó la atención que la mayoría de las personas hablan de AMOR. Entendí que todos, sea cual sea la circunstancia, buscamos el amor. En medio de la guerra, del salvajismo de los terroristas, todos buscan el refugio de amar a alguien. Y también el de ser amados.



Fadi trabajó de chófer con nosotros y era nuestro fiel compañero en cada momento y en cada lugar de Siria. Por la guerra perdió su trabajo en una empresa extranjera de automóviles, perdió su futuro, y perdió a su amor. Hace cuatro años estaba comprometido con una joven, pero el Estado Islámico se interpuso en el camino. "Ella iba en auto por una carretera, la pararon y le cortaron la cabeza por no estar vestida de negro. No es broma, Diana. Es en serio". Admito que no le creí. ¡Me lo estaba contando como una anécdota más! Una noche, después de trabajar sin parar, decidimos que una comida al día nos merecíamos después de tanto esfuerzo. Pero como teníamos que volver a chequear algunas traducciones, una parte del equipo se sentó en un restaurante y mi nuevo amigo sirio y yo fuimos por un shawarma. Antes de salir del hotel, le dio un largo trago a la botella de anís. Tomo tanto de golpe que no entiendo como pudo abrir los ojos luego... Caminábamos por las calles de Bab Tuma, la parte antigua de Damasco. Era jueves. Para los musulmanes los viernes y sábados son el fin de semana, así que todos habían salido a divertirse. En ese momento me inquieté, le pregunté como era que la gente salía y se divertía mientras en Alepo las bombas no dejaban de caer. La respuesta fue contundente: "Diana, hace 5 años que vivimos en esta guerra. Tenemos que vivir aunque queramos morir. Queremos morir porque acá es difícil amar. Amas y tienes miedo de perder a esos amores. Sea tu mujer, tus hijos, tus padres". Me quedé en silencio el resto de la caminata.

Cuando volvimos al hotel, el ritual del anís se volvió a repetir. ¿Cómo puede soportar tanto alcohol de golpe?, pensé. No pude contenerme y alce la voz preguntándole que le pasaba. "Tres veces quise amar y no pude. Mi primer amor escapó de la guerra y está en otro país. A la mujer que quería como esposa los terroristas le cortaron la cabeza. Y ahora me enamoré de nuevo, pero hoy me dijo que se va a casar". La historia no es fácil en un país de costumbres arraigadas y religiones tradicionales. Él es católico y ella musulmana. Se aman pero no ven posible ese amor. Terminamos la traducción, él siguió con la botella de anís y yo me busqué una cerveza. Fadi rompió el silencio y me hizo escuchar la canción que su amor imposible le había dedicado. Y ahí lloramos los dos. Yo también lloré por mis amores imposibles. Por necesitar a mi amor.

Fue un momento que no voy a olvidar. No importó el agotamiento de 16 horas de trabajo sin comer ni beber, no importó el peligro de haber estado en una frontera con un barrio controlado por rebeldes con francotiradores listos para el ataque, no importaron las dificultades que teníamos para concretar las entrevistas del día siguiente, nada. Importó el amor. Dos personas, de la misma edad, con vidas totalmente diferentes, hablando y contándonos nuestras historias de amor en medio de un país en guerra.



Y así era cada una de las historias de los sirios con los que hablé. Padres que les pidieron a sus hijos que se fueran de las zonas de peligro, pero que se quedaban para cuidar sus casas. Hombres y mujeres que decidieron casarse en estos años de guerra para atravesar juntos y no por separado esta parte de la historia de Siria. Hijos que se quedaron con sus padres mayores para cuidarlos a pesar de que fuera de sus casas las bombas no dejaban lugar al silencio. Madres que trajeron hijos a este mundo cruel y no paran de besarlos. Adultos que a la hora de escapar por corredores humanitarios sostienen las manos de los huérfanos para guiarlos hacia un camino posiblemente mejor. Maestras que inventan historias a los niños sobre los ruidos de las bombas para que no crezcan con temor.
El amor lo es todo. Espero que algún día pueda más que la guerra.



Las declaraciones y opiniones expresadas en este artículo son de exclusiva responsabilidad de su autor y no representan necesariamente el punto de vista de RT.

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