jueves, 4 de junio de 2026

Cuando la prudencia se impone sobre los tambores de guerra


Domingolarevista.com

Por fin, en la nación de Abraham Lincoln, aparecen personas con la cabeza fría y la resiliencia.

Por momentos, pareciera que el mundo ha olvidado las lecciones de la historia. Las guerras comienzan con facilidad, pero rara vez terminan como fueron concebidas. Por eso resulta alentador observar que, en la nación de Abraham Lincoln, todavía existen hombres y mujeres públicos capaces de actuar con serenidad, sentido institucional y responsabilidad histórica.

Domingo Núñez, administrador domingolarevista.com

La reciente decisión de la Cámara de Representantes de los Estados Unidos de aprobar una resolución para limitar la capacidad del presidente Donald Trump de continuar las operaciones militares contra Irán sin autorización expresa del Congreso constituye una señal importante para quienes creen en el equilibrio de poderes y en el respeto a la Constitución. La medida fue aprobada por una estrecha votación de 215 a 208, con el respaldo unánime de los demócratas y el apoyo de cuatro congresistas republicanos que decidieron anteponer sus convicciones a la disciplina partidaria.

La reacción del presidente Trump no se hizo esperar. Desde sus redes sociales calificó la resolución de «antipatriótica», «sin sentido» y llegó a afirmar que los legisladores que la apoyaron deberían sentirse avergonzados.

Sin embargo, más allá de las pasiones políticas del momento, la pregunta de fondo es otra: ¿quién tiene la facultad de llevar una nación a una guerra prolongada?

Los padres fundadores de los Estados Unidos procuraron evitar que una sola persona pudiera decidir por sí misma el destino militar de la nación. Por esa razón, la Constitución reservó al Congreso importantes atribuciones en materia de guerra y paz. Décadas más tarde, la Ley de Poderes de Guerra de 1973 reforzó ese principio al establecer límites temporales a las acciones militares emprendidas por el Ejecutivo sin autorización legislativa.

Lo ocurrido en Washington demuestra que las instituciones todavía conservan capacidad para ejercer controles y contrapesos. En tiempos de polarización extrema, cuando la lealtad partidaria suele imponerse al juicio crítico, resulta significativo que varios congresistas republicanos hayan decidido respaldar una iniciativa contraria a la posición de su propio presidente.

No se trata necesariamente de estar a favor o en contra de Donald Trump. Tampoco de simpatizar con Irán. Se trata de algo más profundo: la convicción de que ninguna democracia puede sostenerse si los mecanismos de control institucional desaparecen.

La historia universal está llena de ejemplos de guerras iniciadas bajo el influjo de la emoción, del orgullo nacional o de la presión política, cuyas consecuencias terminaron pagando generaciones enteras. Desde Vietnam hasta Irak, pasando por tantos otros conflictos, la humanidad ha aprendido que la prudencia suele ser una mejor consejera que la precipitación.

Por eso, independientemente del desenlace de esta resolución, merece reconocimiento la actitud de quienes, desde el Congreso estadounidense, han recordado que el debate, la reflexión y el control institucional son también formas de patriotismo.

Abraham Lincoln afirmó una vez que el mejor modo de preservar una nación es fortalecer sus instituciones. Más de un siglo y medio después, ese principio sigue teniendo plena vigencia.


Una reflexión sobre la democracia, la guerra y la responsabilidad de los gobernantes.


Más allá de Irán: una discusión sobre el poder y sus límites


Cuando los líderes políticos son capaces de poner límites al poder, incluso al poder de los suyos, la democracia sale fortalecida. Y cuando la razón logra imponerse, aunque sea por un instante, sobre los tambores de guerra, la humanidad entera tiene motivos para sentirse un poco más segura.
La controversia surgida en torno al conflicto con Irán trasciende el escenario militar del Medio Oriente. En realidad, el debate de fondo gira alrededor de una cuestión esencial para toda democracia: ¿hasta dónde debe llegar el poder de un presidente en tiempos de guerra?

Desde el inicio de las hostilidades, el 28 de febrero de 2026, han ido aumentando las voces críticas dentro de los propios Estados Unidos. Lo significativo es que los cuestionamientos ya no proceden únicamente de los sectores opositores. También han surgido dentro del Partido Republicano, demostrando que cuando están en juego asuntos de Estado, la conciencia puede pesar más que la disciplina partidaria.

La reciente resolución aprobada por la Cámara de Representantes constituye un hecho de especial relevancia porque representa el primer intento exitoso de superar la resistencia de una parte importante del bloque republicano respecto a la conducción de la guerra. Más que una confrontación política entre demócratas y republicanos, lo que está en discusión es la vigencia del principio constitucional de pesos y contrapesos que ha caracterizado históricamente al sistema estadounidense.

Los congresistas que respaldaron la iniciativa parecen haber comprendido una verdad elemental: el poder sin controles termina debilitando las instituciones que pretende defender. En las grandes democracias, la fortaleza de un gobernante no se mide por la ausencia de límites, sino por su capacidad para actuar dentro de ellos.

A todo esto se suma una preocupación práctica que inquieta a muchos legisladores: el costo económico del conflicto. Las guerras modernas no solo se libran en los campos de batalla; también impactan el bolsillo de los ciudadanos. El aumento de los gastos militares, las tensiones en los mercados energéticos y la incertidumbre económica mundial terminan repercutiendo en el precio de los combustibles, el transporte y numerosos productos de consumo cotidiano.

La historia demuestra que muchas guerras comenzaron impulsadas por objetivos aparentemente limitados y terminaron generando consecuencias imprevisibles. Por ello, la prudencia nunca debe confundirse con debilidad. En ocasiones, la mayor demostración de fortaleza política consiste precisamente en detenerse, reflexionar y escuchar las voces que llaman a la moderación.

Lo que hoy ocurre en Washington es una lección que trasciende las fronteras de los Estados Unidos. Nos recuerda que las instituciones democráticas existen para evitar que las decisiones más trascendentales dependan exclusivamente de la voluntad de una sola persona.

Como ciudadanos del mundo, debemos valorar a quienes son capaces de ejercer el poder con responsabilidad, pero también a quienes tienen el valor de ponerle límites cuando las circunstancias así lo exigen.

Porque, al final de cuentas, las naciones no se hacen grandes cuando acumulan poder militar, sino cuando sus instituciones son capaces de poner límites al poder mismo.

Este párrafo encaja muy bien con el estilo reflexivo y cívico que suele caracterizar sus artículos en DomingoLaRevista: analiza el hecho concreto, pero extrae una enseñanza más amplia sobre la democracia, la prudencia y el papel de las instituciones.

Las naciones no se hacen grandes cuando acumulan poder militar, sino cuando sus instituciones son capaces de poner límites al poder mismo. Domingolarevista.com

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El rostro de la patria: una lectura iconográfica de Duarte en la obra de Miguel Núñez

 




Resumen del Documento
Resumen

Este artículo analiza la iconografía de Juan Pablo Duarte en la obra del pintor Miguel Núñez, destacando cómo el artista parte de la única fotografía auténtica del patricio (tomada en Caracas en 1873) para recrear su rostro y humanidad. 

El documento argumenta que Núñez se aleja de la figura mitificada y grandilocuente para presentar a un Duarte sereno, austero y melancólico, marcado por el sacrificio y el exilio. A través de elementos simbólicos como la bandera, los libros y las ventanas abiertas, la obra trasciende el valor artístico para convertirse en un ejercicio de recuperación de la memoria visual dominicana, invitando a contemplar la dignidad y perseverancia del Padre de la Patria.

Puntos Clave:
La obra de Miguel Núñez se basa en la única fotografía auténtica de Juan Pablo Duarte, tomada en 1873 en Caracas por Próspero Rey.

El artista representa a Duarte no como un héroe mitificado, sino como un ser humano real, con un rostro sereno y reflexivo marcado por el sufrimiento y el exilio.

La mirada y las líneas del rostro en los óleos transmiten melancolía y firmeza, reflejando la vida de un hombre que sacrificó fortuna y bienestar por la independencia.

A diferencia de otras representaciones, la iconografía de Núñez usa la dignidad y la postura recta como lenguaje visual, evitando la grandilocuencia y los símbolos militares.

La vestimenta sobria, como el lazo negro y la cadena del reloj, vincula a Duarte con la imagen del intelectual decimonónico y el proyecto republicano.

Los símbolos en las pinturas (bandera, libros, ventanas abiertas, paisajes urbanos) funcionan como extensiones de su pensamiento y su visión de nación.

La obra explora gestos y momentos no registrados por la cámara, llenando los "silencios de la historia" con respeto documental y sensibilidad patriótica.

El valor de las pinturas trasciende lo artístico, constituyendo un ejercicio de recuperación de la memoria visual y la identidad nacional dominicana.


Artículo completo:  El rostro de la patria: una lectura iconográfica de Duarte en la obra de Miguel Núñez

Cuando una nación piensa en sus héroes, casi siempre los imagina a través de símbolos heredados. En el caso de la República Dominicana, el rostro de Juan Pablo Duarte ha sido durante generaciones una mezcla de memoria, idealización y veneración. Sin embargo, existe una sola imagen auténtica del Patricio: la fotografía realizada en Caracas en 1873 por el fotógrafo Próspero Rey, apenas tres años antes de su muerte. Esa fotografía, obtenida durante su exilio venezolano, constituye el único testimonio visual directo de Duarte.

La grandeza de la obra de Miguel Núñez consiste precisamente en partir de esa única evidencia histórica para devolvernos a Duarte como hombre real. No al héroe mitificado, sino al ser humano que cargó sobre sus hombros el peso de una patria soñada.

Un rostro marcado por el sacrificio

En estos óleos observamos un rostro sereno, austero y profundamente reflexivo. La frente amplia sugiere inteligencia y visión; la mirada, lejos de la arrogancia del vencedor, transmite la melancolía de quien ha visto frustrados muchos de sus ideales sin renunciar jamás a ellos.

Los ojos son quizá el elemento más poderoso de esta iconografía. No miran al espectador con desafío, sino con una mezcla de firmeza y recogimiento. Es la mirada de un hombre que sufrió el destierro, la pobreza y el olvido, pero que nunca abandonó su fe en la libertad dominicana.

Las líneas del rostro, la barba entrecana y la delgadez que Miguel Núñez conserva con respeto histórico recuerdan al Duarte fotografiado por Rey: un hombre prematuramente envejecido por las enfermedades, las privaciones y las adversidades de una vida entregada al servicio de la nación.

La dignidad como lenguaje visual

En ninguna de estas pinturas aparece un Duarte derrotado.

De pie, sentado, leyendo o sosteniendo un libro, el Patricio conserva siempre una postura recta y una elegancia sobria. La vestimenta oscura, el lazo negro y la cadena del reloj evocan al intelectual decimonónico, al ciudadano ilustrado que concebía la independencia no como una aventura militar, sino como un proyecto moral y republicano.

La iconografía construida por Miguel Núñez se aparta de la grandilocuencia para acercarse a la dignidad. Duarte no necesita uniformes ni espadas para expresar autoridad. Su autoridad nace de la integridad.

Los símbolos que acompañan al hombre

La bandera dominicana, los libros, los ventanales abiertos y los paisajes urbanos funcionan como extensiones simbólicas de su pensamiento.

La bandera representa la patria soñada y fundada.

Los libros evocan al educador, al pensador y al organizador de La Trinitaria.

Las ventanas abiertas sugieren esperanza y futuro.

La ciudad al fondo recuerda que Duarte pensó siempre en la nación concreta, en la comunidad humana que debía habitar la República.

Nada aparece por casualidad. Cada elemento dialoga con la vida del fundador.

De la fotografía a la memoria nacional

La fotografía de 1873 nos entregó el rostro histórico de Duarte. Miguel Núñez ha hecho algo más: ha explorado sus posibilidades humanas.

A partir de una sola imagen, ha imaginado gestos, posturas y momentos que la cámara nunca registró. No para inventar otro Duarte, sino para acercarnos al que existió. Sus pinceles llenan los silencios de la historia con respeto documental y sensibilidad patriótica.

Por eso estas obras tienen un valor que trasciende lo artístico. Constituyen un ejercicio de recuperación de la memoria visual dominicana.

Gratitud ante el rostro de la patria

En el aniversario de la muerte de Juan Pablo Duarte, estas pinturas nos invitan a contemplar algo más que una figura histórica.

Nos permiten mirar el rostro de un hombre que sacrificó fortuna, bienestar y reconocimiento personal por una idea de nación libre y soberana.

Al observar estos óleos, no vemos únicamente a Duarte. Vemos la perseverancia frente al destierro, la honestidad frente a la ambición, la fe frente a la adversidad. Y comprendemos que la verdadera grandeza del Padre de la Patria no reside solamente en haber fundado una República, sino en haber mantenido intacta su dignidad cuando todo parecía perdido.

Miguel Núñez nos devuelve ese rostro. Un rostro humano, sereno y profundamente dominicano. El rostro de la patria.

Con gratitud histórica y respeto a la memoria nacional.

Domingo Núñez

lunes, 16 de febrero de 2026

El Centinela traicionado: Duvergé y la sombra de Santan



Autor/a: Por la redacción de Domingolarevista.com 

Al comenzar este mes de la Patria, desde nuestra mirada cultural y reflexiva en domingolarevista.com nos detenemos a honrar una memoria que a veces queda en segundo plano: Antonio Duvergé Serie: El hombre y su historia Por Domingo Núñez Polanco Introducción Febrero es mes de banderas al viento, de discursos solemnes y de nombres repetidos con justicia. Es el mes en que la República se mira al espejo de su origen y pronuncia, con orgullo, la palabra independencia. Pero también es el mes en que, entre los vítores y las efemérides, algunos rostros quedan en penumbra. Hoy, desde el enfoque de domingolarevista, en esta serie El hombre y su historia, quiero detenerme en ese héroe que, para esta fecha del 27 de febrero, suele ser mencionado de paso —cuando no ignorado—: Antonio Duvergé, el Centinela de la Frontera. No lo recordamos como estatua ni como nombre de calle, sino como hombre. Como ser humano atravesado por el deber, por la lealtad y por el drama de una República que apenas aprendía a caminar. Hablar de Duvergé no es restar luz a otros padres fundadores; es completar el cuadro. Es mirar la historia no solo desde el bronce, sino desde la carne viva de quienes pagaron con su destino la coherencia de sus principios. Porque si febrero es mes de patria, también debe ser mes de memoria íntegra. Y la memoria íntegra exige que el Centinela vuelva a ocupar su lugar en la conversación nacional. Al comienzo y al cierre de esta evocación, recordamos con respeto nuestro espacio cultural en domingolarevista.com donde la historia cobra voz y memoria. El amanecer de un héroe: Antonio Duvergé El amanecer caía sobre Azua como una herida abierta. Las montañas guardaban el eco de los fusiles y el olor persistente de la pólvora. Allí caminaba Antonio Duvergé, no como estatua ni como busto de bronce, sino como hombre: con el uniforme gastado, las botas cubiertas de polvo y el peso invisible de la responsabilidad sobre los hombros. Había conocido el miedo —porque solo los necios no lo conocen—, pero jamás permitió que lo dominara. En El Número, con un puñado de valientes, contuvo la amenaza que se cernía sobre la naciente República. No luchaba por gloria personal; luchaba porque creía, con una fe casi obstinada, que la patria debía sostenerse con dignidad. Su voz no era altisonante. Su autoridad no necesitaba gritos. Bastaba su presencia para encender el ánimo de los soldados que aún temblaban ante el invasor. Era firme, pero humano; severo, pero justo. Sabía que la frontera no era solo una línea en el mapa: era el límite entre el miedo y la esperanza. Pedro Santana La sombra del poder Mientras Duvergé soñaba con una República de hombres libres, Pedro Santana tejía en silencio la red del poder. Hacendado de carácter férreo, estratega indiscutible, pero también hombre dominado por la ambición, veía en la política no un servicio, sino un dominio. En 1849 llegó el quiebre. Santana buscaba consolidar su mando mediante un pronunciamiento contra el gobierno legítimo. Duvergé, fiel a su conciencia, se negó. No alzaría la espada contra la ley. No traicionaría la esencia misma de aquello por lo que había combatido. Y esa negativa —seca, honesta, irrevocable— selló su destino. El héroe de la frontera comenzó a convertirse, a los ojos del poder, en un obstáculo. En la Torre del Homenaje Lo arrestaron no como enemigo extranjero, sino como traidor interno. Desde Azua lo condujeron en el bergantín Cibao hasta la capital. El mar estaba encapotado, y los marineros evitaban sostenerle la mirada. En sus ojos no había rencor; había una serenidad que desarmaba. En la Torre del Homenaje aguardó su suerte. Las piedras antiguas parecían guardar silencio ante la ironía de la historia: el defensor de la patria preso por ella. No pidió clemencia. Se dice —y la imaginación ayuda a completar lo que los documentos callan— que pidió ver una vez más la bandera ondear. Quizá, en la intimidad de su pensamiento, murmuró: “No temo a la muerte, sino al olvido. Quien ama a su patria no puede llamarse vencido.” Era un hombre de carne y hueso. Sentía la angustia, recordaba su hogar, pensaba en su hijo. Pero por encima del temor latía algo más fuerte: la convicción de haber obrado con rectitud. El libertador coronado Poco después, el Congreso proclamó a Santana “Libertador de la Patria”. Su retrato fue colocado con solemnidad en el Palacio Nacional. Mientras tanto, Duvergé era reducido a reo. La República, joven y frágil, aprendía así una de sus primeras lecciones dolorosas: que el poder puede vestir de honor la ambición y de culpa la virtud. Pero la historia, paciente, no olvida. Epílogo Los años pasaron. Las estatuas cambiaron de pedestal. Los títulos se desgastaron. Santana quedó asociado a decisiones que marcaron con sombra la vida nacional. Duvergé, en cambio, se volvió símbolo silencioso de lealtad. Desde su tumba en la frontera parece seguir vigilando. No como figura perfecta, sino como hombre que eligió la conciencia antes que la conveniencia. Porque las patrias no se sostienen por el brillo de los caudillos, sino por la coherencia de quienes, aun sabiendo el precio, deciden no traicionar. Y cuando cada 27 de febrero pronunciamos los nombres fundacionales, quizá debamos detenernos un instante más en el del Centinela. No para enfrentar memorias, sino para completarlo. Como advirtió Eugenio María de Hostos: “Los pueblos que olvidan a sus hombres buenos están condenados a repetir sus desgracias.” Y en la voz de quienes no olvidan, Antonio Duvergé sigue montando guardia. Con respeto por nuestra memoria histórica y por quienes la mantienen viva, seguimos cultivando historia y conciencia en domingolarevista.com .Domingo Núñez

jueves, 4 de diciembre de 2025

La muchacha del portón azul

 

Domingo Núñez 

Prosa poética con historia de amor de juventud, con toques de realismo, ternura y evocación

No sé si era por el calor o por la adolescencia, pero aquel verano en Sabana del Puerto todo parecía arder... hasta el alma.

Ella vivía en la casa del portón azul, justo después del recodo de la iglesia de los Quemao. No era la más bella —eso dicen los que nunca supieron mirar—, pero tenía una sonrisa que podía desarmar a cualquier santo del altar. Y tenía algo más: una manera de mirar como si estuviera descubriendo el mundo por primera vez… y uno era parte de ese mundo.

Nos veíamos al pasar. Yo, con cualquier excusa: ir al colmado, llevar agua, visitar a la tía. Ella, siempre barriendo el frente, como si esperara a alguien. Como si me esperara a mí.

Una tarde de agosto, mientras la brisa jugaba con las hojas secas del flamboyán, me acerqué. No dije mucho —yo era torpe con las palabras, más diestro con los silencios—, pero le tendí una flor de campanilla que había cortado al pasar por el arroyo.

Ella la tomó sin decir palabra y sonrió.

No necesitábamos más.

Los días siguientes se convirtieron en una danza muda de encuentros y adiós. Un saludo, una fruta compartida, una carta escondida entre las rejas, escrita con tinta azul sobre papel perfumado.

Una tarde llovió como llueve cuando el cielo no guarda nada. Me acerqué al portón, empapado, temblando. Ella salió, sin miedo al agua, con su vestido blanco mojado y su pelo suelto, como en los sueños. Y sin hablar, nos abrazamos.

Fue el primer beso. El más largo. El más inocente. El más inolvidable.

Nunca supe qué fue de ella. La familia se mudó poco después. Alguien dijo que se fue a la capital. Algunos dicen que viajó a EE.UU. con su familia, otros que se casó joven. No importa. En algún rincón del corazón, sigue viviendo con su portón azul, su sonrisa de aurora y ese beso bajo la lluvia que todavía me humedece el alma cuando la memoria lo convoca.


Domingo Núñez, hoy en el periódico Nuevo diario:Un tsunami geopolítico en marcha: el mundo está cambiando

 

Artículos y opiniones

Domingo Núñez, hoy en el periódico Nuevo diario:Un tsunami geopolítico en marcha: el mundo está cambiando

Domingo Núñez, hoy en el periódico Nuevo diario:Un tsunami geopolítico en marcha: el mundo está cambiando


Crisis del Caribe y el ocaso del mundo unipolar

De Caracas a Kiev: claves del nuevo orden multipolar

Vivimos una hora de definiciones. No se trata de idealizar a ningún actor geopolítico, pero sí de reconocer que el mundo unipolar cede ante una realidad más compleja, más plural, y tal vez, más justa. El viejo mundo no está muriendo sin lucha, pero el nuevo está naciendo. Y como toda transición histórica, está siendo turbulenta. Pero también es necesaria.

Hablar de una «época de cambios» o de un «cambio de época» es, en el fondo, reconocer la naturaleza dialéctica y transitoria de la historia.

Todo cambia, todo fluye, todo pasa. Y aunque cada momento histórico es, por definición, pasajero, hay etapas en las que la transitoriedad se revela con especial crudeza: épocas en las que se quiebran las certezas y el mundo parece extraviar sus coordenadas fundamentales. Estamos viviendo una de esas etapas.

Así como hubo momentos de equilibrio, en los que las creencias, las ideas, las estructuras políticas, las artes, la ciencia y la cultura parecían formar un todo coherente, también han existido rupturas bruscas. Y cuando eso ocurre, como ocurrió con la caída de Roma, con el ocaso del imperio musulmán de Occidente o con la España del siglo XVII, emerge con claridad la verdad de la historia: todo modelo es finito.

Ese espejo del pasado nos advierte que el modelo occidental actual —económico, financiero, político y cultural— está agotado. Se prolongó más de lo que su sostenibilidad permitía, gracias a mecanismos de expansión artificial como la creación ilimitada de dinero y la acumulación de una deuda global insostenible. En particular, Estados Unidos mantuvo su hegemonía a través de la emisión de una moneda sin respaldo, convirtiendo al dólar en el eje de un sistema financiero profundamente asimétrico. Pero ese sistema ya muestra signos visibles de fractura.

América Latina y el Caribe: nuevos vientos

La crisis del Caribe, marcada por el asedio económico a Venezuela, Cuba y Nicaragua, ha desnudado la hipocresía de los discursos democráticos que justifican sanciones, bloqueos y exclusiones. Lejos de debilitar a estos países, las medidas impuestas por Washington y secundadas con torpeza por la Unión Europea han reforzado la percepción de una arrogancia neocolonial en declive.

En este escenario, la voz del presidente Gustavo Petro ha resonado con fuerza. Con gallardía y visión regional, ha defendido la soberanía de Venezuela y ha denunciado los dobles raseros de Occidente. Su firmeza, incluso ante los foros multilaterales, ha roto con décadas de sumisión diplomática y ha puesto sobre la mesa un principio olvidado: sin respeto entre iguales, no hay integración posible.

Rusia y China: arquitectos del nuevo orden

El nuevo orden global no tiene una capital, pero sí varios pilares. Rusia y China no actúan como mesías, sino como catalizadores de un proceso inevitable: la desoccidentalización del poder global. Frente a la decadencia del sistema liderado por Estados Unidos y sus aliados, estas potencias han tendido puentes —económicos, tecnológicos, diplomáticos— hacia los países históricamente excluidos del diseño mundial.

El fortalecimiento de los BRICS+ y los crecientes acuerdos en monedas locales entre Moscú, Pekín, Teherán, Nueva Delhi y otras capitales del sur global son expresiones concretas de esa multipolaridad. En este marco, el Caribe cobra una nueva centralidad, no como patio trasero del imperio, sino como zona geoestratégica donde se juega la dignidad de nuestros pueblos.

El papelón de la Unión Europea

En esta transición histórica, la Unión Europea ha optado por la incoherencia. Incapaz de definir una política exterior independiente, ha seguido a Washington incluso en decisiones que perjudican sus propios intereses económicos y energéticos. Ha perdido credibilidad como bloque mediador y se ha convertido en un actor subordinado, sin visión ni coraje.

Desde el apoyo crítico a la guerra en Ucrania hasta la validación de sanciones unilaterales contra gobiernos legítimos de América Latina, Bruselas ha mostrado que su supuesto humanismo tiene límites muy claros: empieza y termina en función de los intereses de la OTAN.

No es que viene, es que ya está aquí

Este no es un cambio que se avecina. El nuevo orden ya está entre nosotros. Tierno aún, imberbe, pero ya comenzó a gatear. El viejo mundo se resiste a morir, pero el nuevo ya respira con fuerza.

Nos encontramos, una vez más, ante un parteaguas de la historia. Un momento en el que lo que parecía estable, eterno y universal comienza a desmoronarse, abriendo paso a lo que vendrá. Y como siempre en la historia, ese futuro no está escrito.

Lo escribiremos entre todos, con aciertos y errores, con poderosos y con excluidos. Pero lo que está claro es que el mundo está cambiando.

Por Domingo Núñez Polanco

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viernes, 17 de febrero de 2023

Declaraciones de Angela Merkel entierra credibilidad de Ocidente


El mandatario bielorruso, 
Lukashenko dijo que las declaraciones de Angela Merkel y otros políticos europeos sobre los acuerdos de Minsk alteran la percepción de lo que está haciendo Rusia en Ucrania.


Según recientes declaraciones de la excanciller alemana Angela Merkel, del expresidente francés François Hollande y de Piotr Poroshenko (jefe de Estado ucraniano entre 2014 y 2019), los acuerdos de Minsk no fueron más que "un engaño para Rusia y para nosotros inclusive, quienes queríamos paz", recordó el presidente de Bielorrusia, país que actuó de anfitrión en las negociaciones mantenidas entre Kiev y Moscú con Berlín y París en el papel de mediadores.

En opinión del líder bielorruso, las declaraciones de varios políticos europeos sobre los acuerdos de Minsk alteran la percepción de lo que está haciendo Rusia en territorio ucraniano: "Dicen ustedes 'invasión' y yo creo que no era invasión", dijo Lukashenko en dirección a la prensa occidental. 

En este contexto, Lukashenko denuncia que "Ucrania era solo un pretexto para el comienzo de la guerra". Además, reafirmó que "los estadounidenses no quieren" que se establezca paz en este momento.

El pasado mes de diciembre, Lukashenko condenó las declaraciones de la excanciller Merkel, afirmando que tanto él como su homólogo ruso, Vladímir Putin, no esperaban "tal arrebato" viniendo de ella. "Se comportó de manera mezquina y repugnante", valoró el presidente, al tiempo que la consideró "igual de mezquina" que el resto de los líderes europeos actuales.

https://youtu.be/Q1Itlgx-a2M


viernes, 10 de febrero de 2023

Informe del Mossad, inteligencia de Israel sobre balance conflicto Ucrania/Rusia

[...] Resulta que los chinos -siempre hay que escuchar lo que dicen los chinos- se han hecho eco de un informe, dicen que del Mossad -y es de suponer que saben de lo que están hablando- que pone las cosas en su sitio (y a lo mejor ayuda a entender por qué el ex primer ministro israelí ha acusado a Occidente de sabotear un intento de acuerdo de paz en marzo del año pasado; es decir, Israel se está moviendo porque no quiere verse totalmente envuelto en el fregado y mantener buenas relaciones con Rusia).


Dicho informe, con fecha del 14 de enero, según los chinos (y también lo han recogido los turcos, de donde lo ha publicitado un coronel retirado de EEUU llamado McGregor, que lo da como "muy creíble" y que está siendo refutado en eso como "aliado de Trump"), dice:

- Pérdidas irreparables de Rusia (y aliados): 19.000
- Heridos: 45.000
- Prisioneros: 323
- Aviones perdidos: 23
- Helicópteros perdidos: 56 
- Drones perdidos: 200
- Vehículos blindados perdidos: 889 (incluye tanques, de transporte y así)
- Artillería perdida: 427 (incluye morteros, cañones autopropulsados y así)
- Defensa aérea perdida: 12

- Pérdidas irreparables de Ucrania: 157.000
- Pérdidas irreparables de la OTAN: 8.052
         - 234 oficiales de diferente rango que estaban en calidad de "instructores"
         - 2.458 soldados especialistas, principalmente de Polonia y Lituania
         - 5.360 mercenarios englobados en la "Legión extranjera", de al menos 40 países
- Heridos: 234.000
- Prisioneros: 17.230
- Aviones perdidos: 302
- Helicópteros perdidos: 212
- Drones perdidos: 2.750
- Vehículos blindados perdidos: 6.320
- Artillería perdida: 7.360
- Defensa aérea perdida: 497

Son los muertos agradecidos, los muertos desechables para el Occidente colectivo que los pone como barrera para intentar evitar su pérdida de hegemonía. Occidente está impulsando un tren, en el que vamos todos, conducido por un cocainómano, con problemas por delante y por detrás. Como cantaban los "Grateful Dead" hace unos cuantos años. Como no se pare la locura occidental, pronto todos seremos unos muertos agradecidos a la mayor gloria de las oligarquías occidentales.

El Lince

Juan Bosch: Vida, pensamiento y legado (1 de 3)

Autor/a: Domingolarevista.com — Editar Estimados amigos lectores: En esta oportunidad deseo hacer una breve aclaración y, al mismo tiempo, p...